Saturday, February 09, 2013

Instinto e imaginación



Iba de pie en el autobús atestado de gente. A veinte centímetros de mi cara, dos niños hacían cabriolas sobre un asiento. Se asomaban por la ventana, reían. Eran encantadores. De pronto, uno de ellos se acercó peligrosamente a mi nariz. Olía a maíz seco. Sentí náuseas. Vomité.

En realidad, no vomité, pero debí hacerlo. Habría sido una cuestión de justicia echar un chorro potente y demoníaco sobre la cantidad de seres humanos que me aplastaba sin ningún reparo, haciendo alarde de su derecho a viajar en transporte público, el mismo derecho que tenía yo y no reclamaba con igual prepotencia. Me habría encantado llenar de restos de arroz y bilis a la chiquilla que se hacía la dormida en uno de esos asientos para “ancianos, discapacitados, mujeres con niños y embarazadas”, en tanto un viejo con pinta de mendigo luchaba por sostenerse de los asideros, colgados medio metro más arriba de su cabeza, o a aquella señora cómodamente sentada, que había colocado a su nena de año y poco en el sitio de al lado, en vez de llevarla en su regazo para dejar lugar.

Pero no vomité. Hice lo posible por alejar mi nariz del niño de maíz y, de puntillas, me asomé por una ventanilla abierta. A veces, el smog es más agradable que el hedor a humanidad.

Ya hace un mes que lo tenemos confirmado, van 8 semanas a día de hoy. Algunas personas se han esmerado en advertirme que, antes de los 3 meses, los embriones y fetos se pueden “soltar”, así que es mejor “no darlo por hecho”. Hay que comprender, son malas experiencias proyectadas hacia el infinito. Y sí: aquí, en este pueblo donde Cristo perdió las sandalias, hemos quedado encinta y empieza el viaje a lo desconocido.

Una cyber-amiga (sólo tengo cyber-amigas por el momento) me ha regañado por llamarle “embrión” al “bebé” (cuando era embrión, claro), pero soy realista: por entonces, el/la bebé era un embrión. Ahora es un feto y después, será una cría humana propiamente dicha. De cualquier forma, es nuestro bebé y, al menos yo, me encuentro en la ardua tarea de aprender a quererle racionalmente (el padre ya está feliz y pletórico de amor, dichoso él).

He descubierto que ese amor maternal romántico tan publicitado no se da de buenas a primeras. Ahora mismo soy más bestia y más instintiva que nunca: he enviado a la mierda un par de parientes contemporáneas por ponerme en situación de riesgo (las típicas consejeras bienintencionadas que sólo están pensando en plata y el qué dirán); el vino, la cerveza y el café han empezado a darme asco; he mejorado notablemente mi alimentación e intento seguir todas las indicaciones de la ginecóloga para que el embarazo marche bien. Por fortuna, me ha tocado una médica progresista, de esas que no tienen miedo a los gatos (entre otras cosas, porque se ha informado bien sobre la toxoplasmosis).

Hablando de gatos, el primer ginecólogo que me vio (donde fui a hacerme los análisis) me ordenó “deshacerme” de la gata que tenemos en casa. ¿Cómo se deshace una de un ser vivo? Acto seguido, extendió una extraña receta para la cistitis. Compré las pastillas de inmediato pero luego no las pude tomar, algo me supo mal. Busqué el prospecto en Internet (bendita Internet, me trae amigas, amigos e información útil) y, ¡oh, sorpresa!, el buen hombre me había dado pastillas para el cólico de ovarios*. Hijo de mil perros. Cabrón. Puto pueblo.

¿Lo ven? Instinto puro.

Supongo que toda primeriza pasa por historias parecidas, sentimientos encontrados y ninguna idea de qué hacer. Estar embarazada es bonito, pero, al menos durante estas semanas, resulta bastante fastidioso. No siento amor inmenso por el/la bebé-feto que tengo dentro, entre otras cosas porque el asunto sólo me da molestias (punzadas en el vientre, dolor en los senos, bajones de ánimo, sofoco, agotamiento, ansiedad, pestilencia generalizada, náuseas, entre otros).

Quizás cuando pase el “período de riesgo”, sienta el latido de su corazón, empiece a patear y sea absolutamente indiscutible su presencia, podré permitirme ser romántica. Por ahora, sólo me queda disfrutar de los momentos en que las hormonas están quietas e imaginar...

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* Los medicamentos para el cólico menstrual suelen relajar el útero. Cualquier relajante de este tipo, incluyendo hierbas como la ruda, podrían poner en riesgo al embrión e incluso provocar un aborto. 

Monday, May 21, 2012

Vampiros



El buen hombre se fue a comer pizza aún con aftas. Le advertí, pero no hizo caso. Con ellos no hay término medio: o son el perfecto hijo de madre (que luego será hijo de su mujer) o andan por la vida alardeando de total autosuficiencia. Como éste, que lleva cinco días con aftas y se niega a comprarse algún medicamento de uso tópico, teniendo la farmacia justo abajo del apartamento.

Y bueno, se come la pizza, sigue quejándose de las aftas, hace gárgaras con una de esas infusiones buenas para todo, cepillas sus dientes (con mucho cuidado) y se acuesta a mi lado. Nos abrazamos un rato (ninguno tiene ganas de hacer el amor, pero sí de mimos) y entonces me doy cuenta de que la bendita pizza tenía ajo.

Justicia pura: tuvo que aguantarme el tufo la noche anterior.

Monday, March 19, 2012

Y aún más cambios...

Para una persona acostumbrada a la más independiente soledad, resulta duro habituarse a una situación en la que los proyectos no dependen sólo de su soberana voluntad. Y es lo que me está pasando ahora. Lo tenía todo planeado: terminar con mis viajes a los 33 años, hacerme inseminación in-vitro, establecer una vida semi-comunitaria con mis mejores amigas y dedicarme a trabajar en proyectos de desarrollo y tal vez docencia, en algún lugar accesible a la casa de mi madre viuda, para atenderla y asistirla si así las circunstancias llegaban a determinarlo.

Una vida sin hombres, o al menos sin esperar construir con alguno de ellos una relación de pareja convencional, quizás por pereza o miedo a fiascos nuevos.

Heme aquí, sin embargo, respirando todas las noches el mismo aliento al lado, dejando espacio en el ropero para pantalones que no son míos y sin poder aceptar una buena oferta de trabajo en 2013 sino hasta discutirlo, valorarlo y esperar un poco a ver qué otras posibilidades encuentra él, pues puede ser que nos mudemos de país, etcétera.

No es la primera vez que me encuentro en disyuntiva similar, pero un par de detalles hacen que el proceso sea diferente a cualquiera de los anteriores: él también me hace copartícipe de sus decisiones y, aunque al inicio siempre cuesta un poco (o este texto no habría surgido), todo tiende a discurrir suave, con naturalidad, como si no pudiera ser de otro modo.

Friday, November 18, 2011

Cambios



Llevo casi un mes viviendo con un hombre y se me está desgarrando el corazón. Quiero huir hacia las montañas, dejar este maldito trabajo de fama internacional (y ninguna coherencia con lo que proclama), conseguir una plaza mal pagada en una escuela primaria perdida en la montaña y dedicarme a escribir y contar historias hasta que me muera.

No voy a dejar el trabajo porque necesito dinero. En cuanto al hombre, ha sido el sucesor de S (¿se acuerdan de S?).

S me amó a su manera y es algo que no voy a olvidar. Nunca me introdujo a su familia como novia (aunque su madre siempre supo que yo era la chica con quien él se acostaba, las madres lo saben todo), pero tampoco me ocultó con demasiado afán. A veces, andando por su pueblo, me tomaba de la mano y me contaba la historia de tal o cual construcción. Yo me abrazaba a su brazo o metía alguna de mis manos en el bolsillo de su abrigo (hacía frío). Era inmensamente feliz.

¿Por qué esos momentos duran tan poco?

Cuando me fui del país, S prometió hacer lo posible por seguir juntos. Extraña forma de llevar las relaciones, S. Sabía que debía esperarme, porque, por sobre cualquier cosa, quería ver mi sonrisa. Y había prometido no enamorarse de otra hasta que yo me enamorase de alguien más, dado que él nunca había conseguido enamorarse totalmente de mí. “Ambos teníamos dudas”, me dijo el día que rompí con él, vía Skype. “Eso dilo por ti”, respondí. “A veces, muchas veces, habría dado mi vida por escucharte decir: 'Quédate conmigo'. Pero nunca”.

S, mi querido S, sé que renunciaste a mí pensando en mi bienestar, pero nunca quisiste ver aquellos momentos en que mi bienestar eras tú. O nunca pensaste que esos momentos eran posibles, pese a que pudiste palparlos con cada uno de tus dedos, con tu lengua, con tu ombligo, con tu pene. Entonces, me fui. Por supuesto, necesitaba trabajo, la crisis, etcétera.

¿Saben algo? Casi al término de la historia con S, acababan de ofrecerme un puesto interesante en un pueblo cercano a la casa de su madre. Me metí de cabeza en los trámites, moví contactos aquí y allá, logré convencerme de que era aquello todo lo que quería: volver a ese lugar en el que fui dichosa a ratos, e inmensamente infeliz en general, pero con él, abrazada a su brazo o alguna de mis manos metida en su bolsillo calentito, mirando llover o nevar. Le dije: “las circunstancias han sido favorables, pero decido volver por ti, porque quiero estar contigo, vivir contigo”.

¿Y él?

Él tuvo miedo.

Continuó ayudándome, pues es noble y esto de los papeles se le da bien. Pero quiso dejar claro que yo tenía más motivos, no sólo él. Y prometió presentarme a su madre, ya como novia formal. Acepté. ¿Qué caso tiene compartir tu vida con una pareja, si no aprendes a respetar sus tiempos?

Y aquí estoy, durmiendo con otro, viviendo con otro y deseando de todo corazón dejar este maldito trabajo de fama internacional (y ninguna coherencia con lo que proclama), conseguir una plaza mal pagada en una escuela primaria perdida en la montaña y dedicarme a escribir y contar historias hasta que me muera.

Nada más.

Thursday, January 27, 2011

Ésto que soy

¿Qué es una promiscua sin deseo sexual? A veces me asalta (soy humana) y quisiera concretar las notas musicales en besos y caricias. Luego recuerdo el sudor y los olores. Me resisto, no, es demasiado aparatoso, problemático, pesa, ocupa lugar. Prefiero esperar. ¿A que él me haga una visita de quince días, dentro de algunos meses? ¿Y si, para entonces, lo he olvidado? ¿Deberé forzarme a amarlo, como lo hice ya, con tanta naturalidad? No sé. Sólo comprendo que, por lo pronto, es la mejor opción.

Las ilusiones se recuerdan con nostalgia, pero el amor maduro las aplasta y prevalece. La confianza, la seguridad.

Ha pasado mucho tiempo ya...

Monday, August 16, 2010

Cuestión de estilo (segunda parte)

Fue uno de esos despertares pesados en los que deseas borrar todo lo ocurrido la noche anterior, encontrarte en otro lugar, retroceder el tiempo algunos años. Estaba en el sofá de su habitación, no recordaba claramente en qué momento me pasé allí. Él, desde su cama, me vio abrir los ojos (¡diablos!) y se acercó a tientas, sonriendo, alargando los buenos días con suspiros. Nuevamente sobre mí, besos y palabras suaves:

"Mi querida Malu, esto no se puede repetir".

Respuesta inmediata: OK.

Él, argumentación: ¿Por qué? Porque yo tengo novia, es una relación seria y me siento fatal...

Tk, tk. No te he preguntado por qué, te he dicho OK.

Ah, vale.

Momento oportuno para ponerme en pie y ya que estamos en confianza, ¿me prestas una toalla? Quisiera ducharme antes de ir a casa (somos amigos, ¿no?). Por supuesto.

...

Llamó luego de varias semanas para contarme que se iba de nuevo al África, o tal vez a Centroamérica. Mis días, por entonces, estaban plagados de malos recuerdos, necesidades económicas y jefes abusivos, así que poco tiempo más pude dedicar a historia tan torpe. Le auguré un buen viaje y fui sincera al desear que nos volviésemos a encontrar en un plan más amable, ya sin cuestiones carnales. Y claro, se fue.

...

Pasaron varios meses antes de encontrarlo por MSN. Supe que su sólida relación pasaba por una crisis, pues me propuso matrimonio. Las razones: "me caes bien, siento cariño por ti y el sexo es bueno". Aquella última afirmación me descolocó por completo, pues no recordaba que ese único encuentro hubiera sido siquiera aceptable. Igual él se lo pasó bien (los hombres y su asociación biológica eyaculación = orgasmo), pero yo guardé imágenes diferentes. Sé que estuve agobiada, que me sentí sola y desprotegida, que no percibí la más mínima empatía. De hecho, ese episodio fue el inicio del fin, el epílogo de una alocada huida hacia la nada, la negación de mi propia capacidad de amar.

Si mal no recuerdo, ya había conocido a S por aquél entonces.

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Y con S, maldito y bendito S, aprendí que el amor no siempre tiene los matices y olores a eternidad que contaban nuestras abuelas. Historia conocida que no repetiré.

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Una comentarista amable me dijo, a propósito de el último post antes de esta serie, que las relaciones plenas no requerían infidelidades. No he tenido una relación plena en años, es decir, de esas que prometen convivencia y familia. Mentiría si afirmo que es lo que quiero en mi vida, tal vez sí, pero aquello me enfrenta a una aguda contrariedad: no me educaron para eso.

Sé ser fiel, no lo niego, tan fiel como un perro. Pero claro, no soy un perro.

...

G me llamó hace pocos meses, estaba de regreso en la ciudad y había decidido asentarse. En vías de ruptura con la novia formal, tuvo ganas de invitarme a cenar. No acepté. Tiempo después, vino nuevamente a mí, esta vez ya roto y con actitud conciliadora. Bien, me dije, ahora sí parece inofensivo. Comimos algo rápido y bebimos algunas cervezas, no cesaba de contar sus aventuras alrededor del mundo, sus ligues, sus amores, sus prejuicios, sus temores. Yo oía atenta sin considerar ideas negativas, después de todo, cada relación está llena de matices y ésta no se libra. Cariños retorcidos.

Continúa...

Thursday, August 12, 2010

Cuestión de estilo (primera parte)

Voy a contar algo que me sucedió hace poco tiempo, a propósito del post anterior. En principio, quiero decir que tuve el esperado encuentro con el amigo ese que me movía el piso, pero no pasó a mayores ligas, porque el buen hombre, en su afán de conseguir tirar conmigo, no hizo más que echarse lodo encima. Por mi parte, descubrí que en verdad no despertaba mi deseo, sino en retrospectiva, y dado el modo en que ocurrieron las cosas, me acabó de enfriar.

Lo cierto es que a primera vista, me gustó. Pero esto data de hace más de dos años. Estaba yo buscando a alguien por los pasillos de mi centro laboral de entonces y vi que se acercaba un moreno guapísimo, hablando por celular. Lo miré tímida y él, experto en estas lides, me devolvió una sonrisa enorme y me saludó. Evidentemente, se me subieron los colores (porque, pese a todo lo que escribo en este blog, me sonrojo en situaciones embarazosas) y apuré el paso. Pensé que no le vería más.

Días después, en una aglomeración de gente frente a uno de los departamentos de desarrollo, volví a encontrarlo. Esta vez se acercó a mí sin ninguna vergüenza y se presentó. Me llamo G, ¿y tú? Yo soy Malu. Encantado, ¿de dónde eres?

Resultó que el blanquito de turno conocía Perú. No sólo eso, era un aventurero de los viajes, había trabajado en muchos proyectos internacionales y coordinado varios programas de gestión de aguas en el África. Ya notaba yo algo familiar en su atuendo “hippie, pero de marca” que los cooperantes y derivados suelen utilizar. Por supuesto, me encantó, pues por aquél entonces andaba yo buscándome historias de ese tipo, sólo para contrariar.

No llegamos a mucho, sin embargo. Unas cuantas cervezas, un porrito de jachís y algunos besos en la puerta de mi casa (no tenía ganas de acostarme con un desconocido en la primera cita, pues estaba recién llegada y tenía mis reparos). El príncipe valiente prometió llamarme en breve y, de hecho, lo hizo dos días después. Para entonces, yo había pescado un resfriado de los bestias, y apenas podía hablad con ciedta cladidá. El hombre, prudente como pocos, decidió que no se acercaría a mí hasta saberme curada, porque claro, no tenía intenciones de llevarse algún virus raro a Sudán, su próximo destino.

Afortunadamente me sobre-mediqué con Ibuprofeno y acabé quizás menos resfriada, pero con una tremenda sensación de estar flotando en una nube densa y cálida, así por una semana entera. Eso implica que no le vi. Dos meses después (o así), me envió un SMS desde Darfur, saludándome amablemente. Para entonces, yo ya estaba saliendo con alguien más.

Pasó el tiempo. Nos escribimos algunos e-mails, de hecho, fui suficientemente estúpida como para contarle cosas que me estaban pasando, vía Messenger. Amoral como buen primermundista capitalista y adinerado, resultó ser un pésimo consejero y un peor analista de los dolores ajenos. No obstante, debo admitir que su intención era noble y que en muchas ocasiones actuó de buena fe.

Empecé a tomarle cariño y confiar en él. Supe que tenía una novia con quien llevaba una relación a distancia, que solían tener crisis largas, que tendía a la infidelidad, pero conservaba su relación "porque no quería quedarse solo", entre otras cosas. De lejos, a veces, resultaba vulnerable y encantador. De cerca, siempre se comportó como un chulito insoportable, el gallo del gallinero, el “macho alfa” de la manada.

En marzo del año pasado organizó una excursión con sus amigos, fuimos a hacer una caminata de alta montaña. Me vino genial, pues por entonces me encontraba seriamente deprimida, aislada y debilitada, y necesitaba amigos desinteresados y distracción. Pese a haberme visto triste, llorosa y vulnerable, no dudó en lanzarse sobre mí una vez que estuvimos solos en su casa. Me dirán: ¿Y qué hacías tú en su casa? Y yo podría responder muchas cosas, pero me quedo con una verdad sencilla: no quería estar sola, necesitaba de una persona querida que me permitiera abrazarle y llorar.

Pero sus abrazos tenían precio y yo, como mujer, debía pagar con carnes el haberle provocado, porque claro, estando ahí tan expuesta y vulnerable, tenía que comprender y respetar el instinto masculino, mira cómo les hacemos sufrir, pobrecillos, y encima nos quejamos (para quien no lo haya notado, estoy siendo sarcástica).

Por entonces creía que, en efecto, era mi obligación complacerle, ya que había sido bueno conmigo. Y lo hice, tiré con él esa noche, pero con tan pocas ganas que estuve todo el tiempo pensando: “por favor, por favor, acaba de una vez”...

Continúa...