Wednesday, July 01, 2009

Telenovelas

Ha sido una larga ausencia. Han sucedido cosas. He escrito un post una y otra vez, pero aún me pregunto si merece la pena publicarlo. Es decir, me gustaría compartirlo con ustedes, pero a la vez, he empezado a cuestionarme si quienes suelen inspirar letras que duelen merecen en verdad tanta publicidad.

Si los convierto en palabras, les doy un espacio…

Sí, tengo dudas de esas.

Podría hablar, más bien, de ese chico bueno que dejé ir la semana pasada, para tomar decisiones claras respecto a mi futuro profesional. No soy una bruja, pasa que él tampoco estaba tan “in” en una relación con semejante pedazo de mujerona inteligente que es esta servidora. No se les puede exigir a los buenos hombres locales que se enamoren de extranjeras, mucho menos de extrajeras con suficiente independencia emocional para irse en cualquier momento, sin mirar atrás (llorando intensamente, pero sin mirar atrás).

Estoy segura de que es sano tener la mente limpia y estudiar las opciones con toda objetividad. Me hicieron una oferta de trabajo en otra ciudad, ante la cual mi actual jefe ofreció aumentarme el sueldo. Todo ha empezado a encajar este verano, sólo tengo que aprender a no ponerme triste si me cruzo por ahí con personas a las que preferiría no ver.

A propósito de difíciles disyuntivas, salí a beber un día inapropiado y mi habitual compañero de cervezas, un hombre interesante de 39 años, con novia en relación a distancia desde hace una eternidad, quizás envalentonado por el alcohol, empezó a recitarme una serie de cosas bonitas sobre mí, con clara intención de motivar un rollo.

Yo, así de borracha como estaba, le dije que me sentía halagada, pero que más allá de eso no me apetecía ser “la amiguita especial” de nadie. Y claro, la pregunta trampa que debe tenerse a mano cuando se están midiendo fuerzas con alguien que, pese al interés sexual del momento, sí que siente cariño por ti: “¿Acaso no crees que merezco un compañero sólo para mí? Porque es justamente eso lo que estoy buscando y tú ya tienes a alguien más”.

Se acabó la discusión.

Hace mucho me di cuenta de que no soy el tipo de persona a la que se le puede llevar a la cama luego de mucho alcohol. Tampoco funciona la adulación, soy menos vanidosa de lo que parezco en este blog.

Qué fiasco. Pobres hombres.

Jejejejeje…


¿Y esto? Nostalgia. Horrible la camisa de Mijares. Eduardo Palomo no tiene discusión, impresionante. Me encontré por ahí la canción, un himno al amor que se niega a ser encontrado y al miedo a encontrarlo, pese a tantas batallas ganadas. Repaso a los personajes y me doy cuenta: creo que soy una conveniente mezcla entre Juan del Diablo (el protagonista) y Aimeé (la mala, malísima, de esos estereotipos baratos de telenovelas mexicanas).

Recuerdos, recuerdos...

Friday, February 27, 2009

La mejor respuesta


Una afirmación comodín que solemos hacer las personas cuando no estamos seguras de dar la talla en una relación, del calibre que ésta sea, es: “No quiero hacerte daño”.

En mi experiencia, han sido sólo amantes o candidatos a amantes quienes me la han dejado caer con total desparpajo, cara de madurez y demás gestos de superioridad que suelen adoptar quienes creen ser dueños de verdades y control total sobre los sentimientos.

Muchas de esas veces, he de aceptarlo, cometí el error de sentir miedo y tristeza ante tal declaración de dolor anunciado. Porque claro, al decirlo sencillamente te transfieren la responsabilidad de cuidar de tu propio corazón. Que es verdad, cada quién debe velar por su bienestar, pero también es cierto, y esto no debemos olvidarlo, que en una relación participan dos personas y ambas son responsables de lo bueno o malo que ocurra en el interactuar.

Da igual de qué clase o nivel de intimidad hablamos. Si se trata de “sólo amigos con encuentros sexuales”, también debe haber un trato que satisfaga a ambos. Cortesía, amabilidad, diplomacia, qué sé yo. Los códigos de conducta naturales exigen cuidar del compañero de camino, aunque éste nos vaya a ser esporádico. Uno nunca sabe…

Si se transgreden estos límites, se corre el riesgo de cosificar al otro, utilizarlo como quien usa y deshecha un objeto descartable, con el alivio de haber advertido de antemano, cómo no, que no querían hacer daño.

Ahora bien, he conocido personas (demasiadas) que a estas alturas de su juventud ya están habituadas a la superficialidad y se les hace fácil ir por ahí sin implicarse y, por ende, sin sufrir. ¿Sin sufrir? No lo sé. Igual es verdad y hay que aprender a ser prácticos en la vida. Yo lo soy en muchos aspectos, pero he de reconocer que estoy más contenta conmigo misma cuando no hago doler. Cuando alguien ha llorado por culpa mía, también me ha dolido.

El otro día sufrí un “ataque de ternura” con el chico “normal” que ahora me acompaña algunos fines de semana. Es verdad que mientras lleve encima la mochila de la inestabilidad no me dará la conciencia para enamorar a alguien de manera inevitable, pues me voy a ir (insisto con eso de no hacer daño), pero a veces, en el camino, dos almitas rotas se encuentran y deciden ayudarse a sanar, con la esperanza de recordarse con cariño y gratitud. No puede haber más (por lo pronto).

Continúo, ataque de ternura. Él, un joven local de treinta y pocos, acostumbrado a un trato más rudo y sin mucho éxito en ligues de fines de semana (porque también hay mujeres estúpidas, no le veo otra explicación, ¡con lo interesante que es, caramba!), me dijo, abrazándome: “No te acostumbres a mí, no quiero hacerte daño”.

Se me encendieron las alarmas y lo mandé al carajo, sin lugar a explicación.

Un par de días después, afortunadamente, decidimos encontrarnos y conversar. Y en medio del diálogo sereno me atreví, por fin, a decirle la respuesta adecuada: “Si no quieres hacerme daño, entonces no me lo hagas”.

Es la gracia de estar con alguien. Aquí donde vivo, las relaciones se entienden como un compartir de placer y compañía y una lucha constante por no enamorarse o encariñarse. Gana el que menos se implica y quien llora tiene la culpa por dejarse dañar. No me parece justo. Creo que es importante cuidar de quien nos acompaña, sobre todo si se comporta bonito…

En fin, la pasión es otra cosa, pero una maniaco-depresiva como esta servidora ya no puede seguir dándose el lujo de que la revienten a voluntad, sólo por “sentir”. Se me acabó el romanticismo aprendido desde pequeña, ahora quiero estar bien, así, sin más.

Tuesday, January 06, 2009

Año Nuevo

Celebración tranquila, aunque lejos de casa. Tengo buenos amigos. Establecí contacto visual con un chico agradable y guapo, todo bien, nos gustamos. Al final, no me fui con él, ni siquiera lo besé. La vacuidad cansa (estás aprendiendo, Malu).

Ayer pasé la tarde con alguien especial. Hombre joven y de tipo “serio”. No más tíos difusos, pero tampoco queremos (¿podemos?) establecer relaciones profundas si no sabemos en qué coordenadas geográficas estaremos en algunos meses. ¿Difícil? Sí.
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Hablar claro y no hacer cosas por compromiso, ni culpa, ni de buena gente, que esto de los impulsos y la necesidad de compañía puede encontrar alivio en conversaciones interesantes, abrazos limpios y besos dulces.

La comprensión ayuda. Y la “contención” también, al menos de su parte, pues a mí se me ha anulado la libido. Conveniente en estos tiempos. Da gusto conocer gente desinteresada de vez en cuando.
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Hace mucho que no reía tanto, a carjadas...

Saluditos (veo que tengo seguidores... ¡Cómo está creciendo esto!).

Monday, January 05, 2009

En blanco

Friday, December 12, 2008

Palabras importantes


Hace tres años que no tiro con alguien a quien poder decirle “te quiero”. Lo mismo desde que no escucho que me lo digan en contexto de pareja. Hubo un recíproco “te quiero mucho” meses después, que también recuerdo con dulzura. Ambas rupturas fueron dolorosas, una más que la otra, sin embargo, no se me olvida el aroma de eso llamado sexo con amor y demás rosas.

Es bonito, muy bonito, no lo voy a negar. Y no siento nostalgia de ello, pues no echo de menos como amantes a quienes me acompañaron entonces. Sería injusta, sin embargo, si niego el disfrute especial que significa poder unir placer físico y emotividad. Dejar fluir la emotividad, reír, llorar, mostrar todo el cariño en la mirada, sin ofrecer disculpas o fingir cinismo.

Ha sucedido en otra ocasión que me he encariñado profundamente con un compañero de viaje y aún recuerdo con ternura nuestras interacciones buenas, sexuales y no sexuales. Las malas fueron malísimas y no tiene caso hablar de ellas hoy. Un poco bestias los niños de este país, sobre todo cuando están empeñados en dejar marcados sus límites y mostrar total desapego, a como dé lugar (da igual si hieren, mientras no les duela a ellos).

Debo mencionar también a aquél amante esporádico y nuestros encuentros cada cinco meses, en diferentes ciudades de nuestro ir y regresar. Le veré en algunos días, vuelo trasatlántico mediante. Los “te quiero” fluyen naturalmente, pero no voy a engañarme, la entrega no llega a ser total. Mejor dicho, lo es, desde que nos miramos a los ojos hasta que recogemos nuestras maletas y cada quién por su lado. Pero es así, está delimitada. Aprovechamos los momentos para amarnos con todo el corazón, todo lo que él no puede amar por bloqueo a quien le acompaña diariamente en casa (convive con su novia) y lo que yo no puedo amar porque el resto de la humanidad masculina me genera desconfianza.

Sí, el hombre tiene novia, la conoció cuando salía conmigo. Su ventaja sobre mí: ella pudo mover su vida, instalarse en su ciudad y su departamento. Yo no. Y habría dudado en hacerlo, si hubiese podido: él es de esos seres humanos tóxicos, buenísimos, pero tóxicos, que han quedado marcados por una ruptura y pasan sus momentos muertos llorando por haber perdido al amor de sus vidas, sin ser capaces de compartirse otra vez. Yo me estoy convirtiendo en eso también. Quizás sea el motivo por el cual congeniamos y podemos pasar por alto cualquier vestigio de moral. Lo conozco demasiado y no deseo esperar de él más que nuestros encuentros, nuestra pasión y nuestro inmenso cariño.

Es que además, y por sobre todo, lo amo. Y lo amo porque es uno de mis ángeles, porque tengo miles de motivos, y no voy a reducir mi relación con él a un emparejamiento convencional. Sin embargo, he de admitir que a su lado me siento cómoda, pero no plena. Y que, cada vez, rechazo más ese tipo de plenitud.

Por otro lado, están los rollos de noches vacías, motivados generalmente por alcohol, frío y, a estas alturas, resignación al disfrute, aunque sea éste cada vez menos intenso y más monótono. Un ajuste de cuentas, un agradecimiento, una manera de romper el idealismo y mandar todo al diablo, de una buena vez.

Me he acostado con muchos hombres, más de los que hubiera deseado cuando era virgen, o cuando estuve enamorada de mi primer amante, a quien amé con mi vida y por quien casi muero de tristeza y dolor. Desde entonces, he ido generando una coraza. Mentiría al decir que no tengo lágrimas, las tengo, he llorado muchísimo, sigo llorando ante un desplante o un mal trato. Es que me encariño con facilidad, por puro instinto. Valoro la conexión y he esperado vanamente que aquél con quien tuve mayor conexión sexual, la valore también.

Las decepciones siempre duelen y el personaje de este blog no puede mantener la careta intacta todo el tiempo. Suelo ser dulce, suelo abrazar, besar, hablar a susurros, sonreír. Por eso, cuando el fin de semana decidí tirar con alguien para luego mandarlo a paseo, opté por no dormir a su lado. Gracias, pero tu sofá se ve acogedor. Antes de mudarme, abrazados, me dijo: “Esto ha sido muy bonito, pero no se puede repetir”. Respondí: “OK”. Él: “¿Por qué? Porque viene mi novia y nuestra relación es libre sólo cuando estamos lejos, pero…” Yo: “No te he preguntado porqué. Te he dicho OK”.

Ahí quedó. Satisfecha la curiosidad y destrozado el ensueño, todo puede volver a la normalidad. No es el método adecuado, lo acepto, pero una vez metida en este tráfico, en estos círculos de libido y favores condicionados, a veces no queda otra opción, o una opción menos dañina.

Sin embargo, lo sé, me he hecho mucho daño.

Otras de mis tareas pendientes fue hablar con el hombre que inspiró mi triste post anterior. Lo encontré días después, porque fui a su ciudad, y me saludó emotivo, con besos y abrazos. Me quedé fría y le correspondí… Le correspondí porque su cariño me hace sentir culpable y vulnerable, se me revuelve el estómago pensando en que alguien puede quererme de verdad y no le dejo, me compromete con sus detalles y atenciones, ya no sólo conmigo, sino con mis amigas (la colombiana ha de saber un día que sus muletas prestadas me han costado un polvo, por ejemplo).

Decidí cortar también esta situación. No más dudas para mí, ni potenciales heridas para él. Quedamos en encontrarnos para comer, preparé un discurso apropiado, que soy una inestable, que tengo miedo, que no es el momento, estupideces que las personas decimos a veces para intentar no fastidiar tanto a quien no queremos querer. Bien, vamos pues.

Íbamos en su auto, él todo radiante de alegría (¡Dios mío!) y entre datos superficiales, me comunica que el chico con quien estuve saliendo hace algunos meses, que rompió cruelmente mi corazón (pues sí, tengo corazón, le quise mucho y confié en no recibir un trato hiriente de su parte, sobre todo habiendo terminado la relación y quedado intacta su independencia), ya tenía novia, ya se había dejado enganchar, ya lo había anunciado públicamente en alguna de esas redes de amigos por Internet.

Me quedé sin aire, sin habla, sin tino. Luego de algunos minutos en shock, empecé a llorar desconsoladamente, no sé si por haber estado enamorada o por la sensación de maltrato luego de pasar varios meses haciendo mi mejor esfuerzo para lograr siquiera y entre tanta tormenta, una historia bonita con final feliz. Es verdad, el ex – amante implicado había ya arruinado los recuerdos, pero abrigaba yo la esperanza de que se convirtiera en un buen amigo, en un aliado, por respeto a la química, a la dedicación, al cariño y la apertura con fecha de caducidad. Pero no, ni siquiera se atrevió a contarme cómo iban sus planes y su vida en la lejanía, sino, sencillamente, envió un par de e-mails por semestre, con algún escueto: “cuéntame cómo estás” con sabor a compromiso y buena educación. Nada más.

A fin de cuentas, soy un ser humano.

Presentía algo así, por eso mismo me di de baja, hace algunos meses, en todas esas historias de amigos por Internet. Lógica básica: quien quiera saber de mí, ya me escribirá. Por eso tanto miedo. Debía, sin embargo, enfrentar la ciudad donde en breve he de trabajar algún tiempo, allanar el camino, cortar todos los círculos efervescentes de sexo, lujuria y resignación. Blue Evangelion, tienes razón, llevo muchos años sin salir de un periodo de duelo y echándome encima otros tantos y todo hastía, cansa, asquea.

Volver a ser capaz de decir “te quiero” cuando hago el amor no depende de encontrar un hombre buenísimo, que quiera existir para complacerme, aunque mi madre diga lo contrario e insista con aquello de que “debo dejarme escoger”. Volver a ser capaz de decir “te quiero” depende de mi salud emocional, mis heridas curadas, mis miedos vencidos, mi vista aguda y mi inteligencia en la elección. Volver a ser capaz de decir “te quiero” depende de mí.

No más placebos para esta promiscua que se está muriendo de sueño. No más por hoy.

Tuesday, October 28, 2008

¿Hartazgo?


El fin de semana decidí, finalmente, tragarme todos mis reparos y tirar con un chico que desde hace un tiempo se moría por hacerme el amor. No me atrae físicamente, pero no negaré que me ha deslumbrado en repetidas ocasiones con sus atenciones constantes y su pose de caballero andante para conmigo, su princesa, su hada o qué sé yo.

Es de esos seres humanos maravillosos que nos recuerdan a algunas mujeres, decepcionadas en general del amor y desconfiadas de las relaciones de pareja, cuán valiosas somos en nuestra cotidianidad, lo grande de nuestros corazones y lo importante que es, para personas que nos quieren, nuestra simple y llana sonrisa.

Justamente por esto, por saber con claridad que el chico se ha pasado varios meses enamorado de mí, lo mantuve bastante al margen de mi sexualidad. Además, es amigo de un ex – amante y hay cosas que es mejor no mezclar. Pero bueno, el ex – amante está lejos y pese a que seguramente habrá un momento de enfrentamiento y transparencia entre nosotros (siquiera para no terminar mal del todo), pues ya no le debo nada a estas alturas.

No diré que es la primera vez que me acuesto con alguien por gratitud, pero sí la única ocasión en que no tenía ganas. El chico besa rico, pero tanta ternura-sin-morbo empalaga y preocupa. Luego, es un poco tosco. Eso, o mi amiga (vagina) se ha quedado resentida de tanta aventura estúpida y ha decidido darse de baja al placer por una buena temporada. Sabrá Dios.

Ninguno de los dos acabó en las dos ocasiones que estuvimos juntos. De un tirón, claro, que estas cosas tampoco son para repetirlas con todo y encuentros previos. Digo: una antes de dormir y otra por la mañana, cuando a los hombres los despierta la erección matutina, se les disuelven las pupilas en el iris y ponen cara de tiburones ciegos por pura gana de joder (joder de joder, no de fastidiar).

Pasado el fiasco de la noche, cuando me dio el bajón y nos quedamos quietecitos, luego a cenar en su casa (yo, con repetición, que la ausencia de morbo se me ha convertido en apetito alimentario voraz), nos retiramos a dormir. Él, en vela buena parte de la madrugada, mirándome, cuidándome, respirando cada segundo de un sueño que se le había convertido en realidad. Carajo, ¿por qué tanta melosería no puede ser recíproca, siquiera para sentirme también embargada de ilusión y cursilería, en vez de quejarme porque alguien me ama?

Cómo es la vida.

Por la mañana: el tiburón ciego. No, pues, no podía ser diferente a todos los demás hombres del mundo. Venga a besarme, a manosearme con toda la dulzura posible, a besarme más y decirme mil y una huachaferías de lo más lindas, que enternecerían a la bruja más escéptica y a la mismísima “niña mala”. Yo, cediendo nomás, que mucho le debo a este chico como para demostrarle que me estaba muriendo de agobio. Que sería muy feo si me lo hacen a mí, que son cosas que lastiman y no merece la pena perder la amistad y el cariño de un tipo tan bueno por pura desconexión sexual.

Y… Nada más. Creo haber llegado a mi límite cuando en el colmo de su emoción (y mi dolor) lo abracé fuertemente, para que sienta mi calor y mi disponibilidad, mientras pensaba: “¡Termina ya de una puta vez, por favor!”.

Es raro, pero pese a todo no me parece una experiencia indigna de recordar. Será que lo quiero mucho o qué sé yo. Algo dentro de mí se está petrificando.

Thursday, September 11, 2008

La vida


Hoy me saludó, vía MSN, uno de esos chicos que una a veces se encuentra en el camino, se la pasa bonito, se despide con lágrimas y todo parece haber acabado bien, hasta que el buen hombre es invadido por aquella imbecilidad que reina en el mundo y en dos frases anacrónicas, en defensa de “la verdad”, manda al carajo recuerdos dulces, morbo, deseo y demás.

Para no juzgar con ligereza, me tragué las ganas de enviarlo amablemente al infierno y le seguí el juego. Noté su afán desmedido por demostrar su preocupación y también su alegría al ver que todo iba “bien y sin novedad” por mi lado del planeta. Bien por ti, colega, te acabas de ganar un pedacito de cielo (del cielo contaminado de Ciudad de México, claro está).

En verdad, es extraña la sensación que me provoca este muchacho. Me dan ganas de ser buena con él, de tratarlo bien. Es más, seguramente tendría el impulso de abrazarlo si estuviera aquí a mi lado, y decirle de buena manera y con reproches infantiles que hay cosas que no se hacen, que los sentimientos de las personas no se menosprecian y que, con los años y la experiencia, aprenderá que a veces es mejor quedar un poco “manchado” que hacer llorar.

Es que estos jóvenes de ahora tienen tanto miedo de salir perjudicados de las relaciones. Y es un miedo legítimo (si vamos a ponernos a legitimar el miedo, claro está), pero lo que no acaban de entender es que uno no puede pretender nadar en una piscina sin salir mojado. Aunque sea una sola vuelta, aunque se trate de una piscina pública que no volveré a ver en mi vida, si me meto en ella, saldré mojado.

Yo me he jactado muchas veces de mi cinismo para tomarme la vida y las relaciones. No me arrepiento de ello, pero reconozco las aristas, nada es absoluto, ni siquiera la verdad. Reconozco, también, las heridas que todo esto me ha provocado. Mi actual estadía con mi buen amante conocido y reconocido, por ejemplo, también tendrá consecuencias. Sin embargo, siento bastante más confianza que las veces anteriores, porque ya nos sabemos muy bien y la decisión de dar rienda suelta al deseo, más de un año después de “abstemia amistad”, ha sido, aunque parezca una paradoja, bastante racional.

A lo que voy: no podemos meternos a un asunto amoroso, pseudo amoroso o puramente utilitarista, pero de largo aliento (es decir, más de dos semanas), sin tomar cariño al elemento con que, eventualmente, retozamos. Mucho más grande el riesgo si los encuentros sexuales esporádicos pasan a ser noches durmiendo juntos, desayunos, tardes, paseos y momentos compartidos. Ya no, si se entra a ese plano, no puedes pretender seguir considerando a tu compañero de turno un mero objeto de placer.

Cuestión de ser claros: si quiero un consolador, me compro un consolador. Si quiero un “compañero puramente sexual”, hago como con los de mi agenda y el día 14, ese cuando todos los hombres del mundo te parecen Adonis, le llamas y le dices, con matices a escoger: “Oye, tengo ganas, ¿nos vemos?”.

Entonces, sucede el encuentro, y luego, a tomar un café o comer un helado, cagarte de risa y aquí no pasó nada. Si sueles ver al tipo en cuestión en un plano amical, a ensayar la doble cara. No mezclar. No mezclar, o la cosa se hará intensa y, cuando menos lo esperes, tendrás un lazo más fuerte, que dolerá romper.

Si ves que corres el riesgo de fortalecer tus lazos, no entres en pánico, porque tu pataleta puede herir a quien está a tu lado (y, vamos a ver, ya estamos grandecitos para pataletas). Entonces, estudia delicadamente las ÚNICAS opciones que tienes: o terminas de una vez con el asunto, o sigues para adelante. Una tercera opción, que es la que tuve en mi caso, fue dejar que la cosa siguiera, porque a esas alturas ya sólo nos quedaban cuarenta días de cercanía, o así. El destino cruento, el trabajo viajero, las responsabilidades y las opciones que cada quién escoge, valora y prioriza.

Y una vez escogida la alternativa más “conveniente”, asumir un par de cosas importantes: una, que cuando termine, cuando rompas el lazo, DE TODAS MANERAS TE VA A DOLER. Dos, que una vez terminada una bonita “historia de amor”, lo único que vale en el corazón de los ex – amantes, separados por mutuo acuerdo, es cariño, cuidado y recuerdos bonitos.

No es apropiado, por ejemplo, aprovechar la distancia y la impersonalidad del MSN para aclarar a qué niveles de cariño llegué contigo y a qué niveles definitivamente no, porque nunca pensé que fueras tú el hombre de mi vida, o huevadas de esas. Ya terminó. Tal vez me diga que me extraña y me dará gusto… ¿Por qué no iba a darme gusto que me extrañe alguien a quien, de un modo particular, sea como rana de laboratorio, quise? ¡Si lloré dos meses enteros a mi primer gato, cuando murió, por qué no iba a echar de menos a un ser humano con quien compartí un buen historial sexual y de complicidad!

Debemos ser prudentes, dejar pasar un tiempo, esperar a estar secos luego de nadar en esa piscina a la que no volveremos más. Sólo entonces podremos mirar las cosas en perspectiva.

Es diferente, en cambio, ser directo y duro desde el principio, con alguien a quien le estás dando a escoger. Lo reconozco, con algunos chicos de mi agenda soy bastante despiadada, justamente para evitar el “encariñamiento”. Ahora bien, tengo cuidado para escoger a esta especie, no voy a meter en mi directorio telefónico a un buenote enamoradizo, que va a salir más que destrozado de mi practicidad.

También he sido “mala” con hombres a quienes he alejado sentimentalmente de mí, cuando me contaron de sus sentimientos, de su amor y todo eso. No fui “sincera” al punto de enumerarles las cosas por las cuales no me resultaban atractivos (tengo mi corazoncito), pero conseguí hacerles ver que les iba a pasar de vueltas y sería luego un problema. Por supuesto, me cuidé de no enrollarme con ellos de ningún modo, para no dar lugar a malos entendidos. Si no me quiero mojar, entonces no salto a la piscina, así de sencillo.

Mi amante actual… es un tipo especial. Se trata de un ex – novio reincidente, con quien mantengo una amistad vivificadora desde hace más de dos años. Soy “su niña”, cuida de mí con cariño y, desde que le conocí, salvo la relación “normal” fallida que dio inicio a este blog, siempre he obtenido de él cosas buenas, todo tipo de cosas buenas. El amor que siento por él sublimiza cualquier humanización de “lo que tenemos” y eso me da muchísima tranquilidad. Es una buena práctica esta de amar a alguien sin los desbarajustes emocionales que trae consigo el enamoramiento. Tal vez sea la base de los “matrimonios arreglados” y todas esas cosas que el romanticismo suele condenar.

Lo que sí he de admitir es que me da un poco de pereza conocer a “otra persona”. Un hombre nuevo, que me salga con una serie de tonterías, como que no. Más vale cabrón conocido, dijo un atractivísimo y cínico amigo cuarentón. A ver cómo me va. A fin de cuentas, ya sólo me queda un mes en estas coordenadas y seguramente luego, viaje de por medio, sabré de alguien más (ya me conozco).

La ventaja que algunas personas tenemos de poder escoger la vida que vivimos trae consigo una desventaja vertebral: luego no nos podemos quejar.

Salud por eso.