Voy a contar algo que me sucedió hace poco tiempo, a propósito del post anterior. En principio, quiero decir que tuve el esperado encuentro con el amigo ese que me movía el piso, pero no pasó a mayores ligas, porque el buen hombre, en su afán de conseguir tirar conmigo, no hizo más que echarse lodo encima. Por mi parte, descubrí que en verdad no despertaba mi deseo, sino en retrospectiva, y dado el modo en que ocurrieron las cosas, me acabó de enfriar.
Lo cierto es que a primera vista, me gustó. Pero esto data de hace más de dos años. Estaba yo buscando a alguien por los pasillos de mi centro laboral de entonces y vi que se acercaba un moreno guapísimo, hablando por celular. Lo miré tímida y él, experto en estas lides, me devolvió una sonrisa enorme y me saludó. Evidentemente, se me subieron los colores (porque, pese a todo lo que escribo en este blog, me sonrojo en situaciones embarazosas) y apuré el paso. Pensé que no le vería más.
Días después, en una aglomeración de gente frente a uno de los departamentos de desarrollo, volví a encontrarlo. Esta vez se acercó a mí sin ninguna vergüenza y se presentó. Me llamo G, ¿y tú? Yo soy Malu. Encantado, ¿de dónde eres?
Resultó que el blanquito de turno conocía Perú. No sólo eso, era un aventurero de los viajes, había trabajado en muchos proyectos internacionales y coordinado varios programas de gestión de aguas en el África. Ya notaba yo algo familiar en su atuendo “hippie, pero de marca” que los cooperantes y derivados suelen utilizar. Por supuesto, me encantó, pues por aquél entonces andaba yo buscándome historias de ese tipo, sólo para contrariar.
No llegamos a mucho, sin embargo. Unas cuantas cervezas, un porrito de jachís y algunos besos en la puerta de mi casa (no tenía ganas de acostarme con un desconocido en la primera cita, pues estaba recién llegada y tenía mis reparos). El príncipe valiente prometió llamarme en breve y, de hecho, lo hizo dos días después. Para entonces, yo había pescado un resfriado de los bestias, y apenas podía hablad con ciedta cladidá. El hombre, prudente como pocos, decidió que no se acercaría a mí hasta saberme curada, porque claro, no tenía intenciones de llevarse algún virus raro a Sudán, su próximo destino.
Afortunadamente me sobre-mediqué con Ibuprofeno y acabé quizás menos resfriada, pero con una tremenda sensación de estar flotando en una nube densa y cálida, así por una semana entera. Eso implica que no le vi. Dos meses después (o así), me envió un SMS desde Darfur, saludándome amablemente. Para entonces, yo ya estaba saliendo con alguien más.
Pasó el tiempo. Nos escribimos algunos e-mails, de hecho, fui suficientemente estúpida como para contarle cosas que me estaban pasando, vía Messenger. Amoral como buen primermundista capitalista y adinerado, resultó ser un pésimo consejero y un peor analista de los dolores ajenos. No obstante, debo admitir que su intención era noble y que en muchas ocasiones actuó de buena fe.
Empecé a tomarle cariño y confiar en él. Supe que tenía una novia con quien llevaba una relación a distancia, que solían tener crisis largas, que tendía a la infidelidad, pero conservaba su relación "porque no quería quedarse solo", entre otras cosas. De lejos, a veces, resultaba vulnerable y encantador. De cerca, siempre se comportó como un chulito insoportable, el gallo del gallinero, el “macho alfa” de la manada.
En marzo del año pasado organizó una excursión con sus amigos, fuimos a hacer una caminata de alta montaña. Me vino genial, pues por entonces me encontraba seriamente deprimida, aislada y debilitada, y necesitaba amigos desinteresados y distracción. Pese a haberme visto triste, llorosa y vulnerable, no dudó en lanzarse sobre mí una vez que estuvimos solos en su casa. Me dirán: ¿Y qué hacías tú en su casa? Y yo podría responder muchas cosas, pero me quedo con una verdad sencilla: no quería estar sola, necesitaba de una persona querida que me permitiera abrazarle y llorar.
Pero sus abrazos tenían precio y yo, como mujer, debía pagar con carnes el haberle provocado, porque claro, estando ahí tan expuesta y vulnerable, tenía que comprender y respetar el instinto masculino, mira cómo les hacemos sufrir, pobrecillos, y encima nos quejamos (para quien no lo haya notado, estoy siendo sarcástica).
Por entonces creía que, en efecto, era mi obligación complacerle, ya que había sido bueno conmigo. Y lo hice, tiré con él esa noche, pero con tan pocas ganas que estuve todo el tiempo pensando: “por favor, por favor, acaba de una vez”...
Continúa...