Ha sido una larga ausencia. Han sucedido cosas. He escrito un post una y otra vez, pero aún me pregunto si merece la pena publicarlo. Es decir, me gustaría compartirlo con ustedes, pero a la vez, he empezado a cuestionarme si quienes suelen inspirar letras que duelen merecen en verdad tanta publicidad.
Si los convierto en palabras, les doy un espacio…
Sí, tengo dudas de esas.
Podría hablar, más bien, de ese chico bueno que dejé ir la semana pasada, para tomar decisiones claras respecto a mi futuro profesional. No soy una bruja, pasa que él tampoco estaba tan “in” en una relación con semejante pedazo de mujerona inteligente que es esta servidora. No se les puede exigir a los buenos hombres locales que se enamoren de extranjeras, mucho menos de extrajeras con suficiente independencia emocional para irse en cualquier momento, sin mirar atrás (llorando intensamente, pero sin mirar atrás).
Estoy segura de que es sano tener la mente limpia y estudiar las opciones con toda objetividad. Me hicieron una oferta de trabajo en otra ciudad, ante la cual mi actual jefe ofreció aumentarme el sueldo. Todo ha empezado a encajar este verano, sólo tengo que aprender a no ponerme triste si me cruzo por ahí con personas a las que preferiría no ver.
A propósito de difíciles disyuntivas, salí a beber un día inapropiado y mi habitual compañero de cervezas, un hombre interesante de 39 años, con novia en relación a distancia desde hace una eternidad, quizás envalentonado por el alcohol, empezó a recitarme una serie de cosas bonitas sobre mí, con clara intención de motivar un rollo.
Yo, así de borracha como estaba, le dije que me sentía halagada, pero que más allá de eso no me apetecía ser “la amiguita especial” de nadie. Y claro, la pregunta trampa que debe tenerse a mano cuando se están midiendo fuerzas con alguien que, pese al interés sexual del momento, sí que siente cariño por ti: “¿Acaso no crees que merezco un compañero sólo para mí? Porque es justamente eso lo que estoy buscando y tú ya tienes a alguien más”.
Se acabó la discusión.
Hace mucho me di cuenta de que no soy el tipo de persona a la que se le puede llevar a la cama luego de mucho alcohol. Tampoco funciona la adulación, soy menos vanidosa de lo que parezco en este blog.
Qué fiasco. Pobres hombres.
Jejejejeje…
Si los convierto en palabras, les doy un espacio…
Sí, tengo dudas de esas.
Podría hablar, más bien, de ese chico bueno que dejé ir la semana pasada, para tomar decisiones claras respecto a mi futuro profesional. No soy una bruja, pasa que él tampoco estaba tan “in” en una relación con semejante pedazo de mujerona inteligente que es esta servidora. No se les puede exigir a los buenos hombres locales que se enamoren de extranjeras, mucho menos de extrajeras con suficiente independencia emocional para irse en cualquier momento, sin mirar atrás (llorando intensamente, pero sin mirar atrás).
Estoy segura de que es sano tener la mente limpia y estudiar las opciones con toda objetividad. Me hicieron una oferta de trabajo en otra ciudad, ante la cual mi actual jefe ofreció aumentarme el sueldo. Todo ha empezado a encajar este verano, sólo tengo que aprender a no ponerme triste si me cruzo por ahí con personas a las que preferiría no ver.
A propósito de difíciles disyuntivas, salí a beber un día inapropiado y mi habitual compañero de cervezas, un hombre interesante de 39 años, con novia en relación a distancia desde hace una eternidad, quizás envalentonado por el alcohol, empezó a recitarme una serie de cosas bonitas sobre mí, con clara intención de motivar un rollo.
Yo, así de borracha como estaba, le dije que me sentía halagada, pero que más allá de eso no me apetecía ser “la amiguita especial” de nadie. Y claro, la pregunta trampa que debe tenerse a mano cuando se están midiendo fuerzas con alguien que, pese al interés sexual del momento, sí que siente cariño por ti: “¿Acaso no crees que merezco un compañero sólo para mí? Porque es justamente eso lo que estoy buscando y tú ya tienes a alguien más”.
Se acabó la discusión.
Hace mucho me di cuenta de que no soy el tipo de persona a la que se le puede llevar a la cama luego de mucho alcohol. Tampoco funciona la adulación, soy menos vanidosa de lo que parezco en este blog.
Qué fiasco. Pobres hombres.
Jejejejeje…
¿Y esto? Nostalgia. Horrible la camisa de Mijares. Eduardo Palomo no tiene discusión, impresionante. Me encontré por ahí la canción, un himno al amor que se niega a ser encontrado y al miedo a encontrarlo, pese a tantas batallas ganadas. Repaso a los personajes y me doy cuenta: creo que soy una conveniente mezcla entre Juan del Diablo (el protagonista) y Aimeé (la mala, malísima, de esos estereotipos baratos de telenovelas mexicanas).
Recuerdos, recuerdos...



