Wednesday, December 27, 2006

Asco

.
No es la primera vez que tengo esta sensación de haber tocado fondo. Ya con las decisiones tomadas respecto a mi vida profesional, empiezo a sentir inquietud por todo lo demás, por los afectos bonitos y sinceros que he dejado de lado, por mi familia, que no merece tanta desatención, sólo porque estoy nuevamente “emperrada”. Me siento un asco.

A veces uno tarda un poco en reconocer lo que está buscando en las demás personas. Yo ya he tenido suficiente de engañarme y seguir con el cuento este del desinterés total por la vida y el amor. Sobre todo porque, a estas alturas de mi edad, vivir ya cuesta mi trabajo, mi inversión y mis buenos hábitos.

Demasiados excesos en pocos meses. ¿Para qué? Para darme cuenta que aún no ha dejado de dolerme el chico aquél de quien he hablado varias veces aquí (sí, "Daniel"). Afortunadamente, este estado de cojudez crónica no ha afectado (o infectado) aún mis planes laborales. Todo el desmadre de fin de año va más con súplicas internas de independencia, que ya llevan varios meses rompiéndome el coco.

Las mujeres... Siempre esperamos más de lo que tenemos, siempre estamos a la expectativa de que tal o cual amante responda como un hombre cabal a nuestros requerimientos. Pero no, pues, si algo empieza divertido y a la ligera, más vale que siga y termine así. Cualquier intento de transgredir esa clara norma de vida relativa, te costará el corazón... ¿Es tan difícil de entender?

¿Y para qué jugar tanto, si a fin de cuentas, ni siquiera olvidas a ese novio a quien quisiste con toda tu alma, pese a que él ya te olvidó? Lo único bueno es que ya sabes que no te haría bien seguir con él, ni volver a estar con él ahora. Es un punto a considerar, una luz de cordura entre tanto desorden (algo es algo).

El sexo es una complicación. Cagar, fumar, leer o comer al menos no traen consigo crisis emocionales, ni tienes que abrazar a nadie antes de dormir, ni te piden mejor trato, ni te sacan celos, ni terminan y vuelven, ni nada.

Siento que el peor sacrificio que se puede hacer al optar por dar vacío, es resignarse a recibir vacío. No amar, para que no te amen. Es así, es lo justo. ¿Me molesta? No, pero me cansa. Me cansa, pues, pese a todo lo escrito, aún no soy de hierro, aunque voy por buen camino. Aún me emociono, me conmuevo, tengo consideración, procuro no herir... ¿Serán reminiscencias de mi antiguo yo, de la “buena chica” que antes no escribía en este blog?

Ya no sé si ésta es una crisis de ansiedad o aburrimiento. Leo el post anterior y me refiero de un modo tan bonito a alguien que sigue pareciéndome tan como describo allí, y sin embargo... No sé, me ha hartado todo, debe ser que estoy empachada de tanta comida y tanto trago, fiestas de fin de año, decisiones y de que todas mis amigas más cercanas estén en España, o con la novia, o en trabajos lejanos. Al carajo.

Esta mañana, llegando a la oficina, me sonrió una putilla...

Wednesday, December 20, 2006

Uvas

.
No supe cómo explicártelo anoche y si seguía hablando seguramente acabarías malinterpretando cada palabra (los hombres de tu edad suelen estar un poco ciegos con respecto a su propio potencial y la retribución que esperan. No te lo tomes a mal, aún así eres lindo).

Hay algo roto dentro de mí, ¿sabes? Algo divorciado entre lo que soy ahora y lo que solía ser. Recuerdo haber disfrutado del sexo tanto como disfruto contigo, pero no consigo perder totalmente el sentido, como otras veces, como las primeras veces, cuando mis sensaciones y el placer dependían de un nombre propio, masculino, y una condición emocional determinada.

Sin embargo, este ha sido uno de los mejores “polvos” que me he echado en mucho tiempo. No sólo por haber ensayado una situación diferente, o por el preámbulo de uvas frescas, juegos tontos y música melosa, sino por ti… Por ti, por el cariño que te tengo, por el modo en que cuidas de mis fiebres y desatinos, por tu fuerte olor particular a tabaco, por tu cabello, por tus ojos enormes, por el modo en que te empeñas en ser el mejor amante pasional, sabiendo, en el fondo, que eres un caramelito dulce y ávido de ternura, besitos y mimos.

Antes ya me gustaba hacerlo contigo, pero anoche fue espectacular. Anoche sentí comezón bajo la piel de mis pies, en mi vientre y en mi paladar. Anoche floté en el aire, sobre ti, ligera, pese a que el sonido escandaloso de tu cama anunciaba alguna molestia vecinal para el día de hoy.

No temblaste, como tiemblas otras veces, que deseo abrazarte y tranquilizarte en mi pecho. Te quedaste quieto, con la mirada perdida y sin saber qué tocar. No sé si sentías lo mismo que yo, pero hubiera deseado que me atravesaras el corazón, dar un último gemido y caer de bruces sobre ti, completamente extasiada como estaba (como estoy ahora, recordándolo).

Anoche, créeme, dejaste de ser un “relax” de salida del trabajo y te ganaste mi respeto, como amante. No porque yo sea mejor que tú, ni que nadie. No porque yo sepa más, pues, aunque un par de años joven, superas mi experiencia en muchos puntos. Es que me hiciste salir de mí. Lo hiciste, con dulzura, con uvas y música, paso a paso, midiendo tu fuerza y tomándote tiempo para explorarme. Lo hiciste mejor que nunca, corazón.

Es bueno no tener que hablar de amor cuando hablo de ti, pues no podría recordarte y referirme al placer que me das sin condicionar estos sentimientos despreocupados que tengo ahora (y que me gustan). Es bueno tenerte cerca y ser tu amiga durante el día, pues lo que vales como amante, que ya es bastante, lo tienes multiplicado como hermano en esta mi última aventura aquí, que se acabará contigo, conmigo y con todo lo que sé ahora.

Es bueno conocerte, padecerte, soportarte, fastidiarte y tenerte. Y también es bueno no ser una “buena y decente mujer”, a cambio de esta sonrisa que no consigo ocultar, pese al día difícil en el trabajo y la desmotivación crónica que empieza a causar estragos en mi salud. Creo que me ha dado fiebre otra vez.

Monday, December 04, 2006

Demonios (no tan) viejos

Debo deshacerme de un “demonio” llamado Daniel, o no podré estar contenta conmigo misma. No me malentiendan, no lo añoro como amante o “novio formal”, no quiero tenerlo ahora mismo a mi lado. Es sólo que se trata de mi único referente de relación “larga, bonita y normal". Además, es el único chico a quien he amado (y él lo sabe).

Supe lo que era tener un enamorado "de la manito" con él, aprendí (aunque no llegué a hacerlo bien) a cuidar de alguien más, a compartirme, a necesitar de su presencia. Perdí la virginidad física con él y sufrí las peores muertes en vida, con él.

Es decir, durante la relación viví momentos de mucha alegría, pero siempre en tensión, siempre tirando hacia una sensación de desasosiego muy íntima, que no me dejaba ser totalmente plena y feliz. Hasta ahora no sé exactamente a qué se debía ese malestar, pero creo entender que la respuesta es simplísima y hasta cliché: que no éramos las personas mutualmente adecuadas.

Eso, y que no estaba yo preparada para una relación tan públicamente seria e interiormente desequilibrante.

Tal vez sea yo. Estoy segura que me hace falta mucha madurez para entender ciertos comentarios y reír de bromas masculinas, que no me gustaban, que nunca me gustaron y que ahora mismo no me gustarían, aunque me las tomaría peor, pues ya hay herida.

No entiendo las relaciones modernas. Para mí las cosas siempre han sido muy simples: ¿te has propuesto trascender conmigo o sólo quieres pasar el rato? Casi nadie, a mi edad, está preparado para trascender. Conozco pocas parejas de enamorados que, queriéndose y estando juntos, piensan en “nosotros”, sin perder sus respectivas personalidades y metas. La mayoría de noviecitos lindos y acaramelados que veo por ahí no dejan de ser dos egoísmos tomados dulcemente de la mano. Es decir, lo mismo que mi compañero de piso y yo, sólo que nosotros dos no nos estamos engañando.

¿Por qué tener una novia si estás pensando irte a Europa a hacer un doctorado de cinco años? ¿Por qué tener un novio si quieres “gozar de tu juventud” hasta los 35? ¿No es mejor estar solo mientras encuentras tu rumbo, y no dañar a nadie en el proceso? ¿No es preferible hablar claro y no tener “una pareja formal” en el camino, sino un compañero o compañera de aventuras, “de mochila”, un cómplice que comparta momentos inolvidables contigo, pero que sepa que te irás y que acabará? ¿No es mejor así, en vez de sembrar ilusiones en un corazón que no tiene culpa de enternecerse con tus palabras y quererte?

Cuando pienso en estas cosas, añoro la época del único novio o de la casamentera. ¿De qué me sirve poder tener ahora tanta experiencia, si acabaré con heridas eternas? ¿Para qué necesito la capacidad de enamorarme y desenamorarme a discreción, cuando puedo ser feliz con mi vida equilibrada y sin tristezas? ¿Es necesario que aprendamos, desde tan jóvenes, a dejar de querer, a recordar con cariño a personas que compartieron con nosotros lo que no compartimos con nadie más, pero que no pudieron querernos? ¿Es necesario que esperes ser recordado con cariño por alguien a quien no quisiste querer?

Dejé de pensar que el amor es para siempre por conveniencia y practicidad, porque me volvería loca si no lo procurara así, porque no quiero dejar de creer y tener esperanza.

Pero la esperanza, aunque sigue viva, tiene miedo. Tiembla. No es porque recuerde a mi primer amante con cariño, no es porque no quiero olvidarlo. Es porque he quedado dañada.

Temo una nueva relación de ese tipo, una relación en que él, llevándome de la mano, comente que será un soltero codiciado hasta los 40 años… Que no se prive de suspirar frente a mí, recordando a sus viejos amores; que me diga que tal actriz es la mujer más bonita del Perú y que sería fácil para él conocerla, pero no me va a dejar por eso, porque a mí me quiere tal como soy, por otras razones, aunque nunca llegue a ser como ella.

No quiero más domingos bonitos por la tarde o conocer a toda su familia, para su comodidad, si él ha aprendido que las relaciones se acaban y me lo recuerda cada vez que tiene oportunidad. No quiero caricias entrañables condicionadas al uso de anticonceptivos, ni tener tan claro que “estoy a prueba”.
.
Un amante, el que le siguió a Daniel, el segundo con quien me acosté, con quien pude hacer el amor luego de algunos meses de náuseas, miedo y rechazo… El segundo apropiado, recordado, que tampoco pudo amarme y a quien, afortunadamente, tampoco amé, siempre procuró tratarme como a una princesita, sin pedirme gratitud. Siempre, simplemente porque, según dijo, me lo merecía.

Daniel no es un mal chico, sólo diferente a mí, en pasiones e intereses. Su valoración de la vida dista mucho de mi atención al trabajo y autoafirmación personal. Su destino enrumba a otros cielos. Siempre fue así. Encontrarnos fue un accidente casi mortal para ambos. Nos hicimos daño, porque no éramos compatibles, nunca lo fuimos. Una pena no haberle conocido suficiente, para evitar estar juntos y ahorrarnos el dolor.

Hace un par de días, un amigo me preguntó: ¿Si se te diera la oportunidad de volver a vivirlo, repetirías? Respondí sin pensar y contundentemente: No. No me arrepiento, pero no lo repetiría. Lo amé con todo mi corazón y me gustaría que el desenlace hubiera sido diferente, pero no lo volvería a hacer desde el principio. De no haber pasado, aún seríamos amigos. De no haber pasado, no le habría escuchado, al romper, renegar de nuestra relación, decir que no debí haberme metido en su vida, decir que nada había ocurrido suficientemente importante entre nosotros, para luchar por seguir juntos.

No, no lo repetiría, aunque sé que es una experiencia necesaria para ser hoy como soy, que no me desagrada en absoluto y que me hace capaz de ser feliz, sin añorar una relación “larga, bonita y normal”.

Sin embargo, tampoco es saludable vivir con miedo a amar, por ello, debo deshacerme de ese “demonio”, que son los recuerdos y las esquirlas, más no él. Él tal vez deba pulir muchas cosas en su forma de ser, igual que yo, pero es dulce, tierno, bien intencionado y leal. Él merece ser muy feliz, pero lejos de mí.

Por mi parte, sólo puedo decir que me siento orgullosa de no haber pateado el tablero, aunque, a estas alturas, ya aprendí a hacerlo.

Y nada más.
.