Wednesday, March 07, 2007

Amor

Un adulto, quien sin consultar aconseja y se hace llamar mi “amigo”, aunque sé que ha dicho algunas cosas feas de mí por detrás, me habló hoy día de lo mal que he escogido a mis enamorados, y me recomendó poner los pies en la tierra y la cabeza en Dios, pues es Él quien ya tiene un hombre reservado para mí y debo estar preparada a su llegada.

Siento cierta envidia, matizada con pírrica pena, por quien haya aprendido a no enamorarse o a no querer de verdad (que no es lo mismo, pero es igual).

Personalmente, y pese a la dureza de mis palabras, puedo decir que sólo he tenido “sexo sin amor” con un hombre. Y bueno, no es que a los otros tres los haya amado. Amaba a uno, pero a estas alturas no estoy segura de cuánto; el segundo despertó un cariño reivindicativo en mí, pues sucedió a la primera gran decepción amorosa de mi vida adulta; el tercero, era un amigo de la universidad, con quien siempre compartimos una gran amistad, compañerismo y “ganas”, es decir, fue un “ajuste de cuentas” que duró toda una loca madrugada, y donde ambos nos dimos el lujo de disfrutar plenamente y, sobre todo, ser amigos del alma.

El cuarto… Ese apareció de un momento a otro, sin invitación, mientras me debatía entre aceptar la propuesta del segundo (que aún estaba en el ruedo) de mantener una relación ya no “formal”, como él había querido conmigo desde el principio, sino una secuencia de encuentros amatorios sin mayor compromiso, o mandarlo a la mierda.

Era un chico alto, joven, delgado, sin mayor gracia que una sonrisa dulce que no desaparecía nunca, mucho entusiasmo por la vida, transparencia conmovedora y una gran capacidad de sorpresa que se manifestaba de manera brillante en sus enormes ojos castaños y sus cejas pobladas, siempre arqueadas. Es decir, un ente insoportablemente positivo, pero harto simpático, como para tenerlo siempre en el grupo y pasarlo de maravilla.

Se me hacía muy difícil tomar en serio cada cosa que decía, porque, en principio, me parecía un soberano disparate. Es que claro, yo, la señorita licenciada, intelectual, semi-catedrática y con un CV profesional impecable y en ascenso, no podía bajar al nivel de un simple tesista de intercambio, que sí, que estaba guapo y además era muy agradable conversar con él, PERO NO, muy poca cosa, no tiene título, no tiene trabajo, no sabe lo que quiere de la vida y anda por el mundo con una hedonística actitud europea que choca con todos mis prejuicios “tercermundistas” de trabajar para comer.

Pero era bonito estar cerca de él, era… refrescante. Y, después de todo, la rebeldía de la YO real, la que escribe aquí, la que llora si maltratan a un animalito y se muere de miedo ante cada reto nuevo, estaba a punto de reventar, de tan contenida que se había mantenido para dejarme sobrevivir con altura en mi ex centro de trabajo. ¿Qué mejor detonante que un hombre con cero preocupaciones?

Él, otro amigo mío y esta servidora, decidimos compartir departamento, en la cálida ciudad aquella que hoy extraño tanto. Dicho y hecho. En menos de dos semanas, dejé mi pensión “para señoritas”, y empecé a revivir la practicidad que alguna vez practiqué en Europa. Los tres pasamos a tener una familia extra a la que ya está en casa y fue el inicio de una de las amistades más bonitas que he tenido jamás.

Pero…

El muchacho “hueco y divertido”, víctima de mis actitudes de superioridad, tenía escondida una historia intensa, detrás de sus pantalones rotos, sus carcajadas, su hablar bullicioso y su pinta desarrapada. Era bueno, simplemente bueno.

De todos modos, no estaba yo para perder el tiempo con "mocosos" nacidos en 1983. Mi trabajo empezaba a decepcionarme, pero debía sobrevivir hasta fin de año, por las buenas o por las malas.

Una noche de esas nos pegamos una borrachera fenomenal. El mocoso del ’83 no dejaba de mirarme, haciéndose el desentendido lo más que podía. Con mayor trayectoria que yo en estas faenas, debía imaginar que estaba manejando muy bien la situación. Sin embargo, una mujer se da cuenta de esas cosas (que se haga la tonta es diferente).

Al llegar a casa, luego de una empanzada de ceviche, entramos a su habitación a ver vídeos. Era la excusa perfecta, pues ya él había empezado a abrazarme demasiado y a acariciar mis empantalonadas piernas. Llegó la primera composición de sus adorados “Gotan Project”, y fue no contarla más. Colchón al piso, para no hacer mucha bulla, un rato de besuqueos, manoseos y calentamiento, hasta la pregunta de rigor: ¿tienes preservativo? No. Estaba tan fuera de cualquier plan, que ninguno estuvo preparado. Pero no fue un problema, otras formas habían de disfrutar del sexo y practicamos todas las que pudimos, hasta que nos venció el cansancio.

El día siguiente me lo pasé riendo sola, con buenas maldades ocultas. Él, un poco avergonzado, me pidió hablar del tema. ¡Luego, luego!, le dije altanera y el pobre hombre entendió que no me interesaba conversar de nada.

Luego del primer encuentro, fue más fácil tener otros… Y otros, y otros, y otros, ya con los implementos necesarios, las planificaciones y, por supuesto, el mate de risa por complicidad y satisfacción de estar viviendo una relación física despreocupada, bajo la consigna de que “un poquito de cariño no le hace daño a nadie”, como buenos adultos aprovechando una conveniente situación para actuar como adolescentes.

Sin embargo…

La convivencia es traicionera. Muchas veces, si la inicias amando, terminas peleando… y si la inicias desinteresada, nada te asegura que no acabarás sintiendo cariño por tu acompañante.

Así fue. Es que no es broma ver a una persona al amanecer y anochecer, ser quien encuentra al llegar a casa, ser con quien comparte sus problemas, sus manías, sus aficiones, su música.

El escudo brioso que yo había levantado ante él no tardó en caer. La verdadera chica detrás de estas líneas, la que llora por los animalitos maltratados, ni qué decir por injusticias peores, sabía que el corazón del muchacho era grande, sabía cuánto amor y comprensión necesitaba, sabía que de tonto no tenía un pelo y que era uno de esos hombres capaces de conseguir todo en la vida, con el plus de tener buenos sentimientos, aunque no acaben de aceptarlo.

Empezó la admiración, que presumí como unilateral y me propuse ocultar a como dé lugar.

Los encuentros sexuales continuaron, pero, poco a poco, cedieron espacio a una amistad creciente y clara, a un cariño basado en el cuidado y bien del otro, al… al simple y consistente amor, sin más.

Ahora bien, no hablo de un amor de “enamoramiento usual”. Hablo de otra cosa, otra cosa que hasta ahora no consigo tener clara, pero en lo que ya no tiene caso pensar…

Mucha costumbre de acompañarnos sí que había, pero esa admiración que aún perdura es lo que no encaja en una relación pura de amistad. Y, definitivamente, la atracción sexual tampoco encaja… Mucho menos que esta, al final, haya dado paso a un tierno “me gustas porque…”

Un día, luego de horas y horas peleando por sentimientos reprimidos y la eterna competencia inconciente de “quién de los dos es más duro y quién de los dos se jode más”, le dije, en medio de un ataque de llanto, que lo quería. Claro, a eso agregué: “ya sé que he fastidiado todo, ya sé que no debió ser así, ya sé que vamos a separarnos dentro de poco y, ¡carajo!, ya sé que he malogrado la relación que teníamos, pero…”

Fue cuando él me abrazó de manera suave y tierna, pero tan cercana que sentí su piel confundirse con la mía y mi cuerpo entrar en él. Y me dijo: ¿crees que eres la única aquí a quien le ha pasado esto?

Desde entonces, la historia cambió, pero tuvimos la prudencia dolorosa de conservar los términos con lo que todo empezó, para ahorrarnos sufrimientos largos por los que ya habíamos pasado antes: viviremos este amor hasta que llegue el momento de separarnos, no más.

Así fue. Y hoy, en una ciudad extraña y a dos días de haberle dicho adiós al hombre que quiero, aún siento incompleto mi corazón y mi andar. Sé que el dolor pasará, pero no quiero dejar de quererle. No sé si mantener una pequeña esperanza, pues el mundo da vueltas y uno nunca sabe, o castigar mi infundada “ingenuidad” y dar por totalmente muerto el asunto.

No puedo, lo quiero mucho. No puedo, es un gran amigo. No puedo, el complemento ha sido pleno. No puedo, pues es lo más parecido que he conocido a una amorosa “otra mitad”, aunque dé miedo pensar en eso y jamás lo haya admitido frente a él.

Las circunstancias no fueron las apropiadas. Uno debería ser capaz de enamorarse sólo de las personas más adecuadas, de quienes podrían dar contigo más pasos, que no se irán a ningún lado y, si se van, te llevarán consigo… ¡Mierda! ¡Ahora resulta que existe una especie de “formulario para encontrar a la persona adecuada”, según los consejos de mis conocidos más inteligentes, quienes afirman que esto es otro de mis “sueños e ilusiones tontas”.

Puede que sí. No sé. Sólo sé que no me arrepentiré nunca de haberlo conocido, aunque el “hombre que Dios tiene reservado para mí” lo desapruebe cuando se lo cuente, si es que alguna vez logro encontrarlo, vaya. Y también sé que me encantaría volver a ver a mi chico y darle todo mi cariño, aunque este escrito que ahora les presento está consiguiendo, pese a lo evidente, endurecer mi actitud, hacerme sarcástica otra vez.

Tal vez sea mejor para mí ser dura, amorcito mío, para que ningún recuerdo tuyo me haga llorar, sino sólo sonreír.

Pido a Dios, con humildad, que mantenga a distancia al “hombre que me tiene reservado” por un buen tiempo, pues hay cosas más importantes que hacer. Y también le doy gracias por haberte puesto en mi camino, aunque ahora no estés conmigo y cada tres horas me vengan ganas de llorar (voy superándolo, ayer no podía dejar de hacerlo).

Nada más.

4 comments:

marcayuq said...

Me recuerda parte de mi historia... pero ambos teniamos la misma edad...y ella como tú, fue quien tuvo que irse, solo que cometí el error, o lo cometimos ambos, de querer continuar algo a la distancia....

Angela said...

A veces funciona, otras no. El amor de verdad funcionaría, de eso no me queda duda. ¿Para qué prestar espacio y atención a algo que, cayendo por su propio peso, no fue sustancial? Lo siento, Malu, pero es la verdad y no te conviene idealizar a nadie, porque nadie lo merece.

Quien te quiera, créeme, no se mojará los pantalones ante nada.

Hoy he perdonado a un ex que al terminar conmigo me humilló muchísimo, pero antes de eso, al irse lejos, hizo el intento de seguir a mi lado. Mérito es mérito.

Saludos.

Enzo said...

Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!

Òjala esté Ud. bien!!

Extrañaba leerla doña... En serio. Y, parece que por ahora las ganas de escribir para Ud. se están apagando: ¿Por qué?.

Respecto a sus anteriores notas, me late, que Ud. está en una etapa de profundo decaimiento... Vamos, anímese... Las cosas del amor, por más que duelan nos enseñan a veces poco, otras mucho, pero siempre algo. Y, Ud. me sorprende que se nos muestre cada vez más dúctil y permeable a la depre... Bueno, de todas maneras le deseo lo mejor y por fa, no se olvide de sus "amantes" lectores.

Suyo y resuyo

Enzo

Malu said...

Jajajajaja... Qué alegría me da tenerte por acá, Enzo. Sin embargo, me sorprende que recién te enteres que soy depresiva, creo que lo dije desde que empecé a postear.

Ah, el amor. Menos mal que la experiencia enseña a que los sufrimientos no sean tan largos, como suelen ser al inicio.

Por ahora no estoy escribiendo mucho. He empezado a trabajar en una nueva oficina y, como comprenderás, debo hacerme de un horario adecuado y todo eso.

Además, hace un tiempo sufrí una confusión de códigos, ahora ni siquiera aparece mi perfil en este blog y, por muchos días, me quedé sin la posibilidad de postear o responder los comentarios con mi nombre (maldita la hora en que no permití comentarios anónimos en este blog, jajajajajaja).

Un abrazo.