Thursday, May 10, 2007

Espejo


Llegó a mi oficina y me esperó en la puerta, como cualquier muchacho “decente” de antaño, a la espera de la novia. Por supuesto, no esperaba a su novia, sino a una amiga de muchos años, una amiga entrañable, una amiga de verdad, con una deuda pendiente que ambos arrastraban de años atrás, por no ser capaces de mirarse, de aceptar, de arriesgar el cariño por humedad, emociones y nada.

Él había salido, hacía algunos meses, de una relación larga, larga, de esas que apuntan y desean matrimonio, de esas que se tienen cuando todos los amigos “rectos” del grupo empiezan a tomarse el amor en serio y a comprar anillos de compromiso. Él quería una relación así, como Fulano y Mengana, como aquellos a quienes tanto apreciaba y admiraba.

Yo, despreciaba al amor. Mi primer novio formal había roto mi corazón en mil pedazos. El hombre con quien conocí el placer sexual se burló, al desecharme, de mi virginidad desperdiciada, de mi inexperiencia y de mis lágrimas. "Ellos" eran criaturas negativas, eran daño y mentiras, eran miedo.

Pero él no era un hombre, sino ese amigo a quien alguna vez besé, cuando éramos más jóvenes y él aún besaba muy mal. Era el chico por quien, alguna vez, dije a mi mejor amiga: “No sé qué se siente querer a alguien, pero creo que a él lo quiero”. El mismo por quien lloré como una tonta cuando me confesó estar enamorado de esa novia de varios años, que sólo supo fallar y que él aceptó, porque sí pues, sentía amor.

El mismo que me acogió en sus brazos, ya con su relación rota, cuando ese primer chico me dijo adiós.

Me esperaba mirando una vitrina del pasillo. Sonrió al verme. Habíamos hablado un poco de ese encuentro, estábamos medianamente preparados, pero no podíamos determinar nada, no podíamos adivinar que sentiríamos nuestros corazones latiendo al mismo compás. Pese a haberlo previsto, no podíamos imaginar que sería del modo en que fue…

Salimos abrazados del lugar, sin pensar en que los señores de vigilancia, quienes todo lo saben y todo lo ven, sacarían conclusiones tanto apresuradas como reales. Sentí que podía perderme en su pecho fuerte, que su calor me acogía como nunca antes, que caminaba sobre agua tibia, descalza, entre árboles frondosos, bajo la luna.

Algunas vueltas, algo de cenar, para ganar terreno, confianza y valor. No estaba muy segura de querer lo que tanto quería. Él, prudente, dulce, fue motivando mis sentidos y mis deseos. Él, mi príncipe, me llevó de la mano por el centro de la ciudad, sin importar que nos vieran los Fulanos y las Menganas, sin importar nada. Tampoco me importó nada a mí.

Subimos a un taxi, rumbo a ese cuarto de hotel que él había alquilado. Me gustó así, me gustó no tener que llevarlo a mi lugar, para recibir luego simple gratitud por facilitar el buen momento. Me gustó que me condujera hasta su sitio, que preparara el ambiente, que acomodara cada milímetro pensando en mi comodidad y mi placer. Y me gustó, sobre todo, aquél espejo enorme al lado de la cama…

Nos besamos desde el taxi, aún asustados, aún dudando. Descubrí emocionada que sus besos eran diferentes, que despertaban mis sentidos con delicada humedad, que me hacían querer más.

En aquél sitio, en la habitación a media luz, perdí el miedo, más no la emoción y cierto pudor inocente, que me hizo recordar aquella vez en que nos besamos, a escondidas. No era el primero, ni siquiera el segundo, pero mi piel se erizó como si nunca hubiera recibido antes esas caricias.

Suavemente me recostó en la cama, sin dejar de besarme. Abrió los botones de mi camisa de oficina, sus manos cálidas recorrían mi espalda, acariciaban mi vientre, jugando con el broche de un bonito pantalón blanco, que agradezco haber llevado puesto ese día, porque ahora es especial.

Yo, atontada, tardé en responder a su motivación. Sólo atiné a abrazarlo y acercarlo más a mí. Me cubría completamente con sus brazos y su espalda, sentí que podía entrar en su pecho, quería entrar en su pecho y quedarme allí, acogida, protegida, feliz.

Me vi en el espejo, estaba bonita, sensual, mi piel brillaba de sudor y de excitación. Él, sobre mí, era hermoso, moreno, fuerte. Acariciaba mi rostro con una mano, con la otra jugaba en mi entrepierna. Me miraba intensamente, me decía “eres preciosa, eres preciosa”. Yo sonreía, aún tímida. Mi desnudez no fue nunca tan natural, ni tan pura. La suya me envolvía de calor y placer.

Al recordar esa noche siento un cosquilleo en mi espalda. Recuerdo sus formas, su olor, su cabello negro, suave, acariciando mis mejillas al ritmo de sus movimientos lentos e intensos, dentro de mí. Besos confusos, respiración profunda, saliendo desde el centro de nuestros cuerpos, desde nuestras almas. Mis pies, dormidos, mis piernas tensas, mis senos endurecidos, acariciados por su lengua, por sus manos, por el sudor de su pecho. Mis sentidos, desaparecidos, etéreos. Mis ojos vieron el cielo, las nubes blancas en la noche. Por primera vez, en mucho tiempo, perdí la noción de mí. Por primera vez, y única, me sentí volar por completo, incentivada por el vaivén de una penetración apasionada.

Jugamos a querernos toda la noche. Me dijo tantas veces que se sentía feliz, que llegué a creerle (e hice bien, porque fue verdad). Nos mirábamos, como tantas otras veces, desde hace años, pero estábamos desnudos, acostados, compartiendo ternura sin límites. Quise ser tan feliz como él, pero mis heridas no me dejaron. Quise pedirle seguir juntos, pero habría sido inútil, su camino empezaba a separarse del mío, por eso que llaman “maestría en el extranjero”.

“¿Para qué seguir, si es la primera vez que te vas y debes vivir?” Sé lo que se siente estar fuera, sé cómo deslumbra el mundo, sé que habría sido egoísta. Pero ese momento nuestro, tan nuestro, quedó grabado en nuestros sentidos y nuestro afecto…

Hemos pasado los últimos meses conversando por Messenger, como cualquier par de amigos, aunque con más cariño. Le he contado mis tristezas y él las suyas. Ha seguido al milímetro la historia dolorosa que ha embargado mi pecho durante los últimos días.

Ayer o antes de ayer, como siempre, hablamos. Empezó contándome sus problemas con su preciosa chica de allá. Le conté que aún me duele el desamor recientemente sufrido.

Luego… sin querer o, tal vez, queriéndolo con todas nuestras fuerzas, sólo hablamos de nosotros. Y entramos en nuestros recuerdos, en nuestros deseos y en nuestro querer. Olvidando el presente, olvidando la soledad, decidimos compartir nuestra fantasía en un mundo alterno, que da calor a mi corazón desconsolado y amaina mi amargura. Y lo quiero, porque él sabe lo que eso significa y, del mismo modo, me quiere. Entonces, le agradezco estos momentos de calor y paz, en los que, por algunos minutos, me siento feliz.

7 comments:

Diego said...

Que linda historia. Gracias por escribirla, me inspiro mucho a hacer algunas cosas.

Angela said...

Amiga, creo que estás "corrompiendo" adolescentes, jejejejeje...

Malu said...

¡A saber qué cosas puede inspirar mi historia! Para mí tiene un sentido muy especial, relata la consolidación de una relación que fue idílica por mucho tiempo... y que ha vuelto a ese mismo estado, sólo que con recuerdos y pasión.

Diego, gracias a ti por tu comentario. De todos modos, debo decirte que este tipo de cosas siempre traen consigo un riesgo. En esa ocasión, me fue muy bien, pero otras tantas, he acabado muy mal, pero muy, muy mal.

A ser cuidadosos, pues.

Un abrazo.

Adso said...

Gracias por el relato, por compartir tus sentimientos de esa manera tan real; hay personas que son y punto; hay personas que nos tocan mas allá de lo que podemos controlar; hay personas que sabemos, pero por alguna extraña razón no termina de darse, miedo, mal timing, desencuentros, que se yo; lo único que veo es que tienes una oportunidad, que tienen una oportunidad, pero como todo necesita voluntad para esforzarse y hacerla realidad.

Que gusto que encuentres paz en él.

Nos leemos.

Adso = peregrino

http://peregrinoinmovil.wordpress.com/

Enzo said...

¿Puedo ser feliz sin dejar pasar el pasado?...

Malu said...

El pasado ya pasó, pero convendría esforzarnos un poco para que no nos dé asco recordarlo. Si ya la hemos fregado, ni modo, perdonarse uno mismo también vale y es muy necesario para seguir viviendo en paz, sin pelearnos con el mundo.
Saludos. Es bueno tenerte de vuelta, enzo. Espero que estés siempre mejor que ayer.

Mauricio said...

No sé quien escribe, pero me parece maravillosa la forma de hacerlo, tienes el arte de llevar mi mente hasta vivir lo que escribes.

Felicidades