
Un día, por ese e-mail general que envié con gratitudes a todos, mencionando a unos cuantos, entre ellos a él, respondió dizque conmocionado y contento, preguntando, con cierta culpabilidad ingenua, si me refería a él. Sí, a ti mismo, respondí, y cambié el tema de inmediato, obviando otros comentarios suyos, como que no quería, con su tonta pregunta, perder lo que se estaba recuperando entre nosotros y otras estupideces incomprensibles, dignas suyas, sin más.
“Entre nosotros”… ¿Qué puedo decir? Le quise, sí, mucho. Le amé, tal vez, como un hermano, un cómplice y un compañero de sexo y viajes, que tengo ahora en buena estima, porque el aprendizaje fue vasto, pese a haber endurecido la coraza gris que ahora envuelve acogedora a mi desengañado corazón.
Este ser humano, con altas y bajas, con errores y aciertos, un día me dijo, protegido por los mensajes digitales de la telefonía móvil: “Lo único que me interesa de ti es tu amistad. Tú sabías, cuando te enamoraste de mí, que sufrirías, porque yo ya me lo he pasado bastante mal con relaciones a distancia y no iba a enamorarme nunca de ti. Tú me has interpretado mal cuando decía que te quería, porque no te quería del modo en que tú estabas pensando”.
Acabó con un colofón bastante apropiado para una coz de tamaña magnitud: “demuestra tu madurez y sé mi amiga, porque no veo motivos para que no sea así”.
Tuve una pequeña muerte… Una nueva pequeña muerte por tercera vez en pocos meses (culpa mía, nunca debí dar mucho más de mí a nadie, sino descansar). Pero duró poco, gracias a Dios, porque todo cansa, hasta estar mal por alguien que te rompe el corazón, sin compasión alguna, mientras alardea sobre lo mucho que te quiere y lo buen amigo que es.
Lo alejé de mí por un tiempo, lo más que se puede alejar una de alguien que ya está lejos. Asumí mi culpa en este triste asunto y seguí viviendo, decepcionada, sin embargo, del actuar dañino de alguien que, ya presente, había dañado bastante. Decepcionada también de ese supuesto “cómplice”, que pasado un mes se lavaba las manos con total desparpajo, culpándome de “amarlo”, sin aceptar algún tipo de reciprocidad que noté, equivocándome, claro, es sus múltiples demandas de amor.
No quise un enemigo más en el historial, por más bestia que éste haya sido. En pocos meses y sin sentir mayor emoción, le escribí conciliadora. He de reconocer que, en el fondo, existía un interés más allá del puramente amistoso: acababa yo de embarcarme en un proyecto en el cual, por cuestiones de nacionalidad, necesitaría su ayuda. No su ayuda como recurso principal, pero sí un contacto, una posibilidad, un “nunca se sabe”. Me sentí mala, pero todo viene enlazado, todo tiene porqués incomprensibles para quien no está metido en el tema, todo tiene un: vamos a ver si tanto dolor ha servido para algo. A fin de cuentas, no iba a hacerle daño. Era, como dije, un sencillo por si acaso.
Cuando uno quiere a alguien, le hace bien porque su alegría es la alegría propia. ¿Qué sientes luego, cuando, por necesidad de supervivencia, has debido dejar de quererle? ¿Qué sientes luego? Tal vez se pueda forjar una amistad, pero a partir de fojas cero, como he hecho alguna vez… ¿Qué más?
El perdón es vital y yo no le he perdonado aún. No lo amo. El instinto más puro me hizo mantenerle lejos de mí. Los recuerdos, contactarlo de nuevo. La vileza, lo que vino después. ¿Serpiente? No peor que otras. Mala mentirosa, eso sí. Muy mala. Me encantaría ser capaz de sostener un cuento bonito por más de una hora, pero no, por fortuna, qué más da.
Me resultaba un poco duro mantener comunicación con él, sobre todo por su actitud fresca, su aquí no pasó nada y tú me quieres porque tienes que quererme. Pero el momento de quiebre vendría tarde o temprano. Llegó. Pregunté: ¿Puedes ayudarme con esto? Pidió más detalles al respecto y luego: No, lo siento.
Sin pensarlo mucho, porque tal vez ya estaba pensado desde hace tiempo, respondí, sin esmero: Tranquilo, ya lo tengo casi resuelto, pero un poco de ayuda extra nunca viene mal. De todos modos, plantearte esto ha costado lo suyo y la respuesta es positiva para mí. Digamos que vine también a ti para no pecar de soberbia. Buen día.
No he obtenido respuesta hasta ahora y es mejor así. Ayer conversaba sobre esto con una buena amiga, que me entristece haberle hecho daño, si tal es el caso. Luego, en tranquilidad y ahogando un suspiro, agregué: pero él tampoco tenía derecho a hacerme daño a mí.
No me gusta la venganza, pero a veces el cuerpo actúa solo. No soy una justiciera, aunque me gusta la reciprocidad. He descubierto que necesito mucho tiempo antes de ser “buena amiga” de alguien que me hizo llorar.
“Entre nosotros”… ¿Qué puedo decir? Le quise, sí, mucho. Le amé, tal vez, como un hermano, un cómplice y un compañero de sexo y viajes, que tengo ahora en buena estima, porque el aprendizaje fue vasto, pese a haber endurecido la coraza gris que ahora envuelve acogedora a mi desengañado corazón.
Este ser humano, con altas y bajas, con errores y aciertos, un día me dijo, protegido por los mensajes digitales de la telefonía móvil: “Lo único que me interesa de ti es tu amistad. Tú sabías, cuando te enamoraste de mí, que sufrirías, porque yo ya me lo he pasado bastante mal con relaciones a distancia y no iba a enamorarme nunca de ti. Tú me has interpretado mal cuando decía que te quería, porque no te quería del modo en que tú estabas pensando”.
Acabó con un colofón bastante apropiado para una coz de tamaña magnitud: “demuestra tu madurez y sé mi amiga, porque no veo motivos para que no sea así”.
Tuve una pequeña muerte… Una nueva pequeña muerte por tercera vez en pocos meses (culpa mía, nunca debí dar mucho más de mí a nadie, sino descansar). Pero duró poco, gracias a Dios, porque todo cansa, hasta estar mal por alguien que te rompe el corazón, sin compasión alguna, mientras alardea sobre lo mucho que te quiere y lo buen amigo que es.
Lo alejé de mí por un tiempo, lo más que se puede alejar una de alguien que ya está lejos. Asumí mi culpa en este triste asunto y seguí viviendo, decepcionada, sin embargo, del actuar dañino de alguien que, ya presente, había dañado bastante. Decepcionada también de ese supuesto “cómplice”, que pasado un mes se lavaba las manos con total desparpajo, culpándome de “amarlo”, sin aceptar algún tipo de reciprocidad que noté, equivocándome, claro, es sus múltiples demandas de amor.
No quise un enemigo más en el historial, por más bestia que éste haya sido. En pocos meses y sin sentir mayor emoción, le escribí conciliadora. He de reconocer que, en el fondo, existía un interés más allá del puramente amistoso: acababa yo de embarcarme en un proyecto en el cual, por cuestiones de nacionalidad, necesitaría su ayuda. No su ayuda como recurso principal, pero sí un contacto, una posibilidad, un “nunca se sabe”. Me sentí mala, pero todo viene enlazado, todo tiene porqués incomprensibles para quien no está metido en el tema, todo tiene un: vamos a ver si tanto dolor ha servido para algo. A fin de cuentas, no iba a hacerle daño. Era, como dije, un sencillo por si acaso.
Cuando uno quiere a alguien, le hace bien porque su alegría es la alegría propia. ¿Qué sientes luego, cuando, por necesidad de supervivencia, has debido dejar de quererle? ¿Qué sientes luego? Tal vez se pueda forjar una amistad, pero a partir de fojas cero, como he hecho alguna vez… ¿Qué más?
El perdón es vital y yo no le he perdonado aún. No lo amo. El instinto más puro me hizo mantenerle lejos de mí. Los recuerdos, contactarlo de nuevo. La vileza, lo que vino después. ¿Serpiente? No peor que otras. Mala mentirosa, eso sí. Muy mala. Me encantaría ser capaz de sostener un cuento bonito por más de una hora, pero no, por fortuna, qué más da.
Me resultaba un poco duro mantener comunicación con él, sobre todo por su actitud fresca, su aquí no pasó nada y tú me quieres porque tienes que quererme. Pero el momento de quiebre vendría tarde o temprano. Llegó. Pregunté: ¿Puedes ayudarme con esto? Pidió más detalles al respecto y luego: No, lo siento.
Sin pensarlo mucho, porque tal vez ya estaba pensado desde hace tiempo, respondí, sin esmero: Tranquilo, ya lo tengo casi resuelto, pero un poco de ayuda extra nunca viene mal. De todos modos, plantearte esto ha costado lo suyo y la respuesta es positiva para mí. Digamos que vine también a ti para no pecar de soberbia. Buen día.
No he obtenido respuesta hasta ahora y es mejor así. Ayer conversaba sobre esto con una buena amiga, que me entristece haberle hecho daño, si tal es el caso. Luego, en tranquilidad y ahogando un suspiro, agregué: pero él tampoco tenía derecho a hacerme daño a mí.
No me gusta la venganza, pero a veces el cuerpo actúa solo. No soy una justiciera, aunque me gusta la reciprocidad. He descubierto que necesito mucho tiempo antes de ser “buena amiga” de alguien que me hizo llorar.
3 comments:
¡Ese dibujo se parece a ti cuando estabas en la universidad y eras cachetona!
En cuanto a lo ocurrido, pues... No sé, no deberías culparte, a veces la gente hace daño y tú eres gente, o sea que eres capaz de hacer daño.
Sé que no te gusta, pero somos humanos, ¿no? Además, sé que al chico este le tienes cariño, pero es irritante el hombre, ¿qué quieres que te diga?
Yo sigo siendo partidaria de la saludable lejanía. No fuerces a tu corazón, déjalo curarse y conservar los afectos que considere convenientes, sin más.
Te quiero mucho.
No puedo creer que el tipo te haya llamado o escrito (no esta tan claro) para pedirte explicaciones... hum... me recuerda a otros tipos que hacen danyo reproduciendolo hacia "el otro"; no aceptando su culpabilidad, más bien haciendole culpable a sus víctimas... liliputs, enanos mentales.
Sinvergüenzas, hijos de la modernidad "light", que les convence desde cachorros que tienen derecho a hacer sólo lo que "les apetece", sin importarles el daño o bien (ni siquiera eso) que pueden hacer a las demás personas. Como si olvidaran que el resto de la humanidad también siente, también llora y también puede llegar a amar.
Esta fue mi última experiencia dolorosa, a partir de allí, sólo se me han enfriado algunas esquirlas, que trajeron a mi mente daños anteriores. Pero dije que me detendría y cumplí, con entretenimiento, vale, pero igual...
Me escribió mensajes al celular para decirme que nunca me había querido "como yo pensaba" y que nunca estuvo enamorado de mí. Me llamó, luego, para que le explicara por qué no quería quererlo más. Hay hombres demasiado inconcientes, demasiado extraños, demasiado... No sé.
Sólo espero nunca más volver a cruzarme con un bicho así.
¡Un abrazo, chicas!
Post a Comment