
Entonces, decidí aprovechar la coyuntura y ser una mujer nueva, algo que un nuevo trabajo en una nueva ubicación geográfica, me lo permitiría sin mucho problema.
Bueno fue, además, haberme hecho antes las pruebas de ITS que mencioné en algún post pequeñito, hace dos o tres meses. Curarme de algunas heridas internas…
Acotación necesaria: chicas, por favor, no permitan que les toquen la vagina con las manos sucias, ni les hagan daño. A saber, las prostitutas, que conocen de esto más que muchas mujeres, obligan a sus clientes a lavarse dedos, pene y escroto, pese a que luego usarán condón. Los daños ahí dentro pueden generar infecciones e incluso cáncer al cuello uterino. Por favor, no pierdan de vista esta recomendación.
Continuando con la historia (y recordando lo doloroso que resultan los antibióticos en óvulos), decía que estaba desinfectadita y limpiecita, lo cual me animaba a sentirme como nueva y sin mucha gana de repetir el plato de cada dos semanas, con algún buen hombre de mi agenda (quienes, además, quedarían un poco lejos de mí, pobres).
Mi llegada a la nueva oficina generó cierta expectativa. Era la única en mis condiciones, siendo bastante joven (especialista en…). Luego, mi procedencia y las fotos del CV, en las que salgo muy guapa, habían tenido éxito entre los compañeros solteros, sin ninguna culpa ni falta de seriedad, pues ya estaba puesta dentro de la base de datos digital, como parte del personal en planillas (otra delimitación).
Fue bueno y halagador. Cuando no me escuda la computadora o alguna amargura, suelo ser un pajarillo adorable y hasta un poco tímido. Es por ello que las miradas atentas (e imbéciles) de los jovencitos “junior” me enternecían y sonrojaban, situación empeorada por los superiores, quienes, amabilísimos, me presentaron y dieron bienvenida y buenos deseos una y otra vez. Estresante y lindo.
Así, tranquila, contenta y atenta, pasé mi primera semana. El siguiente lunes, ya habían empezado las propuestas de salir en grupo, a alguna cenita-fiesta, o un paseo por el campo el sábado, o dame tu número de celular, por si encuentro algo que te interesa (por cierto, ¿qué te interesa?), o te puedo enseñar una vez más todas las instalaciones, o esto y aquello.
Me simpatizaron (traducción: atrajeron sexualmente) dos chicos en especial: Quique y Pedro. Cruzando los dedos, deseé que, pese a ser junior y haber acabado la maestría recientemente, ambos tuvieran, por lo menos, mi edad (veintisiete). Cito lo de la maestría porque se notaba a leguas que eran de la especie: mis estudios me los paga papá (o el Estado). Ya luego me pondré a trabajar.
Bonito fiasco se llevaron al enterarse que, por más “especialista en…” que yo pudiera ser, trabajo por gusto y por necesidad. Es lo que he notado en éste y muchos otros entornos en los que, por desgracia y fortuna, me muevo: el trabajo es un “placer” en tanto da estatus y el estatus se busca en tanto evidencia el éxito profesional. Quienes trabajamos con humilde gusto y necesidad de dinero somos, pues, unos apestados en fase Terminal.
Quique, con esto, tenía ya una característica importante de mí, con lo cual, pensó, podría armarse una base y empezar a “construirme” (sí, se atrevió a tanto). Otro detalle importante: mi edad. Él la supo y pretendió que soy jovencita. Yo imaginé la suya, con sólo conversar, y me dije: qué lástima, caso perdido, sigue para adelante, Malu, aquí no hay futuro.
¿Cuántos años crees que tengo? Jodía y jodía el muchacho. ¿Cuántos, dime?
Veinticinco. Y cumples años en junio, agregué.
Primer conflicto: ¿Cómo así supe su edad (y el mes)? ¿Lo supe porque lo vi en algún lado? ¿Lo supe por su fisonomía? ¿Lo supe por su forma de hablar? Y si éste fuera el caso: ¿Veinticinco años me parece una edad madura o inmadura? Entonces, y si lo adiviné por su forma de hablar, ¿creo que es maduro o no?
Decidí que la conversación me estaba empezando a alterar. Intenté ser coqueta y fresca a la vez (y cambiar de tema, claro), contándole: en esta fiesta hay dos chicos que me gustan.
¿Ah sí?, preguntó con un rostro pícaro (¡Por fin!, pensé). ¿Y quiénes? Aquí vamos de nuevo…
Al siguiente día de oficina, y equivocándome totalmente, pensé que Quique y yo teníamos suficiente empatía para conversar con más confianza, sin contarnos gran cosa. Sí, hubo un flirteo bastante evidente, pero vamos, somos adultos y no sólo coqueteamos, sino además morimos de risa y bailamos como coleguitas respetuosos.
Olí en él (y olí mal, muy mal, tal vez mi sexto sentido se resfrió esa noche) un aroma similar al de mis amigos más cercanos, esas adorables criaturas que me conocen totalmente y, pese a ello, me aman. Pensé que era discreto y confiable, además de atento. Y que contendría sus ganas de abrirme de piernas, por simpatía y consideración a sus “mayores” (y cultivar una buena amistad, digo).
De todos modos, le hice algunas pruebas al pobre, que pasó sin mucho problema. La de fuego llegó al final, le solté un dato que en los hombres sólo puede provocar dos reacciones: o pretenden sumarse a la fiesta, o huyen despavoridos. Le confesé mi tendencia promedio a la bisexualidad, y de una niña –lesbiana- adorable que vive muy cerca de este pueblo, quien viene de allá, de donde yo soy.
Hasta ese momento, mi estupidez estaba perfectamente camuflada tras mi actitud cínica y fina vulgaridad. Inconcientemente, me propuse llamar la atención del muchacho en cuestión, primero, porque me sentía un poco sola aquí (a nadie conozco más de dos meses); segundo, porque lo sentí bueno, muy bueno, y pretendí protegerle, en plan: niño, estás jugando con fuego. Si te interesa ser mi amigo, bien, sigue por aquí. Si quieres algo más, mira lo que hay y ve si te gusta.
Mala cosa. Enganché del modo equivocado. No fui Malu, la Malu cruenta y alpinchista de estas letras doloridas. Fui quien soy allá, en el mundo real. Fui una mujer más que quiso quererse enamorar, como una rubia del montón. Intentar aquello de “chico conoce chica”, sin mayor problema, habiéndole advertido “lo mío”, como ya he contado.
Pero bueno, tampoco me enamoré, simplemente entré al juego con buen humor, olvidando que era demasiado pronto (para andar con alguien, para escoger a alguien sin conocer a los demás hombres de la planta y la ciudad).
Me guardé entre el pantalón y los calzones, además, aquella regla de oro que a todos nos permite conservar más tiempo sana la salud emocional: no involucrarte jamás con alguien del trabajo.
Inventé la excusa perfecta: él trabaja en un área de servicio, no estará por aquí siempre, ésta no es su oficina. Bien, así es cuando se nos mete a la cabeza una idea, por más negra, arácnida y peluda que sea. Así es, pues.
Quique me invitó a pasar un domingo en su casa. Fue cuando me enteré que compartía departamento con dos chicos más de servicio, de otra área y otra empresa, pero emparentados a la mía. Les vi alguna vez, casi pude recordar una conversación interesante con uno de ellos. Buenos tipos. Por supuesto, no estaban por aquí el fin de semana (o la “sana invitación” no habría tenido ningún sentido).
Fui, como oveja al matadero, contando los minutos en el bus hasta la zona donde Quique vive. Él me esperaría por ahí cerca, para indicarme el camino. Lo hizo y estuvo bien.
Llevé mi laptop a su casa, compartimos música, fotos, historias, un paseo junto al río, hasta la parte antigua de la ciudad. Estuvo bien, nunca lo negaré. Estuvo muy bien.
Y ya de noche, porro y pizza recalentada de por medio, le dije: bueno, colega, ha sido en verdad una tarde amena, me lo he pasado genial, pero si no me voy ahora, perderé el último bus, aún no conozco mucho la ciudad y no creo haber venido preparada para un taxi.
Bien pues, te acompaño a la estación.
Al despedirme, el pajarillo tierno sonrió en mi corazón y, cual Heydi en la montaña, volví a él y en un gesto tristemente sincero, le abracé y repetí: gracias (sí, me sentía realmente sola).
Me fui.
Bueno fue, además, haberme hecho antes las pruebas de ITS que mencioné en algún post pequeñito, hace dos o tres meses. Curarme de algunas heridas internas…
Acotación necesaria: chicas, por favor, no permitan que les toquen la vagina con las manos sucias, ni les hagan daño. A saber, las prostitutas, que conocen de esto más que muchas mujeres, obligan a sus clientes a lavarse dedos, pene y escroto, pese a que luego usarán condón. Los daños ahí dentro pueden generar infecciones e incluso cáncer al cuello uterino. Por favor, no pierdan de vista esta recomendación.
Continuando con la historia (y recordando lo doloroso que resultan los antibióticos en óvulos), decía que estaba desinfectadita y limpiecita, lo cual me animaba a sentirme como nueva y sin mucha gana de repetir el plato de cada dos semanas, con algún buen hombre de mi agenda (quienes, además, quedarían un poco lejos de mí, pobres).
Mi llegada a la nueva oficina generó cierta expectativa. Era la única en mis condiciones, siendo bastante joven (especialista en…). Luego, mi procedencia y las fotos del CV, en las que salgo muy guapa, habían tenido éxito entre los compañeros solteros, sin ninguna culpa ni falta de seriedad, pues ya estaba puesta dentro de la base de datos digital, como parte del personal en planillas (otra delimitación).
Fue bueno y halagador. Cuando no me escuda la computadora o alguna amargura, suelo ser un pajarillo adorable y hasta un poco tímido. Es por ello que las miradas atentas (e imbéciles) de los jovencitos “junior” me enternecían y sonrojaban, situación empeorada por los superiores, quienes, amabilísimos, me presentaron y dieron bienvenida y buenos deseos una y otra vez. Estresante y lindo.
Así, tranquila, contenta y atenta, pasé mi primera semana. El siguiente lunes, ya habían empezado las propuestas de salir en grupo, a alguna cenita-fiesta, o un paseo por el campo el sábado, o dame tu número de celular, por si encuentro algo que te interesa (por cierto, ¿qué te interesa?), o te puedo enseñar una vez más todas las instalaciones, o esto y aquello.
Me simpatizaron (traducción: atrajeron sexualmente) dos chicos en especial: Quique y Pedro. Cruzando los dedos, deseé que, pese a ser junior y haber acabado la maestría recientemente, ambos tuvieran, por lo menos, mi edad (veintisiete). Cito lo de la maestría porque se notaba a leguas que eran de la especie: mis estudios me los paga papá (o el Estado). Ya luego me pondré a trabajar.
Bonito fiasco se llevaron al enterarse que, por más “especialista en…” que yo pudiera ser, trabajo por gusto y por necesidad. Es lo que he notado en éste y muchos otros entornos en los que, por desgracia y fortuna, me muevo: el trabajo es un “placer” en tanto da estatus y el estatus se busca en tanto evidencia el éxito profesional. Quienes trabajamos con humilde gusto y necesidad de dinero somos, pues, unos apestados en fase Terminal.
Quique, con esto, tenía ya una característica importante de mí, con lo cual, pensó, podría armarse una base y empezar a “construirme” (sí, se atrevió a tanto). Otro detalle importante: mi edad. Él la supo y pretendió que soy jovencita. Yo imaginé la suya, con sólo conversar, y me dije: qué lástima, caso perdido, sigue para adelante, Malu, aquí no hay futuro.
¿Cuántos años crees que tengo? Jodía y jodía el muchacho. ¿Cuántos, dime?
Veinticinco. Y cumples años en junio, agregué.
Primer conflicto: ¿Cómo así supe su edad (y el mes)? ¿Lo supe porque lo vi en algún lado? ¿Lo supe por su fisonomía? ¿Lo supe por su forma de hablar? Y si éste fuera el caso: ¿Veinticinco años me parece una edad madura o inmadura? Entonces, y si lo adiviné por su forma de hablar, ¿creo que es maduro o no?
Decidí que la conversación me estaba empezando a alterar. Intenté ser coqueta y fresca a la vez (y cambiar de tema, claro), contándole: en esta fiesta hay dos chicos que me gustan.
¿Ah sí?, preguntó con un rostro pícaro (¡Por fin!, pensé). ¿Y quiénes? Aquí vamos de nuevo…
Al siguiente día de oficina, y equivocándome totalmente, pensé que Quique y yo teníamos suficiente empatía para conversar con más confianza, sin contarnos gran cosa. Sí, hubo un flirteo bastante evidente, pero vamos, somos adultos y no sólo coqueteamos, sino además morimos de risa y bailamos como coleguitas respetuosos.
Olí en él (y olí mal, muy mal, tal vez mi sexto sentido se resfrió esa noche) un aroma similar al de mis amigos más cercanos, esas adorables criaturas que me conocen totalmente y, pese a ello, me aman. Pensé que era discreto y confiable, además de atento. Y que contendría sus ganas de abrirme de piernas, por simpatía y consideración a sus “mayores” (y cultivar una buena amistad, digo).
De todos modos, le hice algunas pruebas al pobre, que pasó sin mucho problema. La de fuego llegó al final, le solté un dato que en los hombres sólo puede provocar dos reacciones: o pretenden sumarse a la fiesta, o huyen despavoridos. Le confesé mi tendencia promedio a la bisexualidad, y de una niña –lesbiana- adorable que vive muy cerca de este pueblo, quien viene de allá, de donde yo soy.
Hasta ese momento, mi estupidez estaba perfectamente camuflada tras mi actitud cínica y fina vulgaridad. Inconcientemente, me propuse llamar la atención del muchacho en cuestión, primero, porque me sentía un poco sola aquí (a nadie conozco más de dos meses); segundo, porque lo sentí bueno, muy bueno, y pretendí protegerle, en plan: niño, estás jugando con fuego. Si te interesa ser mi amigo, bien, sigue por aquí. Si quieres algo más, mira lo que hay y ve si te gusta.
Mala cosa. Enganché del modo equivocado. No fui Malu, la Malu cruenta y alpinchista de estas letras doloridas. Fui quien soy allá, en el mundo real. Fui una mujer más que quiso quererse enamorar, como una rubia del montón. Intentar aquello de “chico conoce chica”, sin mayor problema, habiéndole advertido “lo mío”, como ya he contado.
Pero bueno, tampoco me enamoré, simplemente entré al juego con buen humor, olvidando que era demasiado pronto (para andar con alguien, para escoger a alguien sin conocer a los demás hombres de la planta y la ciudad).
Me guardé entre el pantalón y los calzones, además, aquella regla de oro que a todos nos permite conservar más tiempo sana la salud emocional: no involucrarte jamás con alguien del trabajo.
Inventé la excusa perfecta: él trabaja en un área de servicio, no estará por aquí siempre, ésta no es su oficina. Bien, así es cuando se nos mete a la cabeza una idea, por más negra, arácnida y peluda que sea. Así es, pues.
Quique me invitó a pasar un domingo en su casa. Fue cuando me enteré que compartía departamento con dos chicos más de servicio, de otra área y otra empresa, pero emparentados a la mía. Les vi alguna vez, casi pude recordar una conversación interesante con uno de ellos. Buenos tipos. Por supuesto, no estaban por aquí el fin de semana (o la “sana invitación” no habría tenido ningún sentido).
Fui, como oveja al matadero, contando los minutos en el bus hasta la zona donde Quique vive. Él me esperaría por ahí cerca, para indicarme el camino. Lo hizo y estuvo bien.
Llevé mi laptop a su casa, compartimos música, fotos, historias, un paseo junto al río, hasta la parte antigua de la ciudad. Estuvo bien, nunca lo negaré. Estuvo muy bien.
Y ya de noche, porro y pizza recalentada de por medio, le dije: bueno, colega, ha sido en verdad una tarde amena, me lo he pasado genial, pero si no me voy ahora, perderé el último bus, aún no conozco mucho la ciudad y no creo haber venido preparada para un taxi.
Bien pues, te acompaño a la estación.
Al despedirme, el pajarillo tierno sonrió en mi corazón y, cual Heydi en la montaña, volví a él y en un gesto tristemente sincero, le abracé y repetí: gracias (sí, me sentía realmente sola).
Me fui.
.
Continúa...
