Fue uno de esos despertares pesados en los que deseas borrar todo lo ocurrido la noche anterior, encontrarte en otro lugar, retroceder el tiempo algunos años. Estaba en el sofá de su habitación, no recordaba claramente en qué momento me pasé allí. Él, desde su cama, me vio abrir los ojos (¡diablos!) y se acercó a tientas, sonriendo, alargando los buenos días con suspiros. Nuevamente sobre mí, besos y palabras suaves:
"Mi querida Malu, esto no se puede repetir".
Respuesta inmediata: OK.
Él, argumentación: ¿Por qué? Porque yo tengo novia, es una relación seria y me siento fatal...
Tk, tk. No te he preguntado por qué, te he dicho OK.
Ah, vale.
Momento oportuno para ponerme en pie y ya que estamos en confianza, ¿me prestas una toalla? Quisiera ducharme antes de ir a casa (somos amigos, ¿no?). Por supuesto.
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Llamó luego de varias semanas para contarme que se iba de nuevo al África, o tal vez a Centroamérica. Mis días, por entonces, estaban plagados de malos recuerdos, necesidades económicas y jefes abusivos, así que poco tiempo más pude dedicar a historia tan torpe. Le auguré un buen viaje y fui sincera al desear que nos volviésemos a encontrar en un plan más amable, ya sin cuestiones carnales. Y claro, se fue.
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Pasaron varios meses antes de encontrarlo por MSN. Supe que su sólida relación pasaba por una crisis, pues me propuso matrimonio. Las razones: "me caes bien, siento cariño por ti y el sexo es bueno". Aquella última afirmación me descolocó por completo, pues no recordaba que ese único encuentro hubiera sido siquiera aceptable. Igual él se lo pasó bien (los hombres y su asociación biológica eyaculación = orgasmo), pero yo guardé imágenes diferentes. Sé que estuve agobiada, que me sentí sola y desprotegida, que no percibí la más mínima empatía. De hecho, ese episodio fue el inicio del fin, el epílogo de una alocada huida hacia la nada, la negación de mi propia capacidad de amar.
Si mal no recuerdo, ya había conocido a S por aquél entonces.
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Y con S, maldito y bendito S, aprendí que el amor no siempre tiene los matices y olores a eternidad que contaban nuestras abuelas. Historia conocida que no repetiré.
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Una comentarista amable me dijo, a propósito de el último post antes de esta serie, que las relaciones plenas no requerían infidelidades. No he tenido una relación plena en años, es decir, de esas que prometen convivencia y familia. Mentiría si afirmo que es lo que quiero en mi vida, tal vez sí, pero aquello me enfrenta a una aguda contrariedad: no me educaron para eso.
Sé ser fiel, no lo niego, tan fiel como un perro. Pero claro, no soy un perro.
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G me llamó hace pocos meses, estaba de regreso en la ciudad y había decidido asentarse. En vías de ruptura con la novia formal, tuvo ganas de invitarme a cenar. No acepté. Tiempo después, vino nuevamente a mí, esta vez ya roto y con actitud conciliadora. Bien, me dije, ahora sí parece inofensivo. Comimos algo rápido y bebimos algunas cervezas, no cesaba de contar sus aventuras alrededor del mundo, sus ligues, sus amores, sus prejuicios, sus temores. Yo oía atenta sin considerar ideas negativas, después de todo, cada relación está llena de matices y ésta no se libra. Cariños retorcidos.
Continúa...
4 comments:
El componente de "perrillo con cara de abandonado" parece que va impresa en nuestros genes -los masculinos-. Me temo que algo fala en nuestra programación cerebral.
Eres genial escribiendo.
saludos
Estimada Malu, he vuelto a ti (el instituto me consume la vida) y he procurado leer tus dos ultimos anios en posts(como quien lee un libro por segunda vez).
No tengo la más mínima idea de cómo luces, ni tu edad y tampoco me interesa. Sólo te puedo decir que a pesar de ser hombre y aún "chiquillo" me identifico plenamente con lo que escribes.
Gracias por entretenerme las noches y recordarme que no soy uno en un millón.
PD: Te estimo sin razón alguna, simplemente lo hago.
Lamento irme siempre por tanto tiempo. Esta vez estoy nuevamente lejos...
Un abrazo y gracias por seguir dando vueltas por aquí.
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