Llevo casi un mes viviendo con un hombre y se me está desgarrando el corazón. Quiero huir hacia las montañas, dejar este maldito trabajo de fama internacional (y ninguna coherencia con lo que proclama), conseguir una plaza mal pagada en una escuela primaria perdida en la montaña y dedicarme a escribir y contar historias hasta que me muera.
No voy a dejar el trabajo porque necesito dinero. En cuanto al hombre, ha sido el sucesor de S (¿se acuerdan de S?).
S me amó a su manera y es algo que no voy a olvidar. Nunca me introdujo a su familia como novia (aunque su madre siempre supo que yo era la chica con quien él se acostaba, las madres lo saben todo), pero tampoco me ocultó con demasiado afán. A veces, andando por su pueblo, me tomaba de la mano y me contaba la historia de tal o cual construcción. Yo me abrazaba a su brazo o metía alguna de mis manos en el bolsillo de su abrigo (hacía frío). Era inmensamente feliz.
¿Por qué esos momentos duran tan poco?
Cuando me fui del país, S prometió hacer lo posible por seguir juntos. Extraña forma de llevar las relaciones, S. Sabía que debía esperarme, porque, por sobre cualquier cosa, quería ver mi sonrisa. Y había prometido no enamorarse de otra hasta que yo me enamorase de alguien más, dado que él nunca había conseguido enamorarse totalmente de mí. “Ambos teníamos dudas”, me dijo el día que rompí con él, vía Skype. “Eso dilo por ti”, respondí. “A veces, muchas veces, habría dado mi vida por escucharte decir: 'Quédate conmigo'. Pero nunca”.
S, mi querido S, sé que renunciaste a mí pensando en mi bienestar, pero nunca quisiste ver aquellos momentos en que mi bienestar eras tú. O nunca pensaste que esos momentos eran posibles, pese a que pudiste palparlos con cada uno de tus dedos, con tu lengua, con tu ombligo, con tu pene. Entonces, me fui. Por supuesto, necesitaba trabajo, la crisis, etcétera.
¿Saben algo? Casi al término de la historia con S, acababan de ofrecerme un puesto interesante en un pueblo cercano a la casa de su madre. Me metí de cabeza en los trámites, moví contactos aquí y allá, logré convencerme de que era aquello todo lo que quería: volver a ese lugar en el que fui dichosa a ratos, e inmensamente infeliz en general, pero con él, abrazada a su brazo o alguna de mis manos metida en su bolsillo calentito, mirando llover o nevar. Le dije: “las circunstancias han sido favorables, pero decido volver por ti, porque quiero estar contigo, vivir contigo”.
¿Y él?
Él tuvo miedo.
Continuó ayudándome, pues es noble y esto de los papeles se le da bien. Pero quiso dejar claro que yo tenía más motivos, no sólo él. Y prometió presentarme a su madre, ya como novia formal. Acepté. ¿Qué caso tiene compartir tu vida con una pareja, si no aprendes a respetar sus tiempos?
Y aquí estoy, durmiendo con otro, viviendo con otro y deseando de todo corazón dejar este maldito trabajo de fama internacional (y ninguna coherencia con lo que proclama), conseguir una plaza mal pagada en una escuela primaria perdida en la montaña y dedicarme a escribir y contar historias hasta que me muera.
Nada más.
2 comments:
He leído algo parecido hace poco, cuando amamos en un sólo sentido las flechas de Cupido se nos clavan a nosotros solos y esas flechas duelen, no hay escudo que nos defienda.
Quizás te parezca mentira, pero no todos pueden decir que fueron felices y siguen esperando o buscando.
Un beso y si te vas a las montañas, a mi me gustaría escuchar alguna de esas historias.
Besotes.
Despues de tu mail (de uno original de hace muuuchos años!) vuelvo a leerte... !
besos con sal... y uno por mejilla niña!!!!!
Nani
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